Jamás pensé que la vida se pudiera ver tan gris, pero a la vez tranquila, desde el otro lado del camino, ya que por fin las voces se habían dispersado en el infinito y aparte de aquello; el ver los árboles perder su verde característico y al sol dejar de realizar su trabajo era para mí un espectáculo que raramente me hacía tener paz. Ahora solo veía a las personas pasar, seguir con sus vidas como si absolutamente nadie estuviese sufriendo. Yo sabía que mi familia estaba sufriendo, sabía que mis hermanas no pararían de llorar por meses y que mis cuñados siempre terminarían con sus chaquetas empapadas de lágrimas saladas. Incluso, aunque llegaran a entender que lo único que hice fue aferrarme al camino que me tocaba seguir, ellas jamás aprobarán mi destino, sé también que en algún momento la noticia de mi partida le llegaría a mi dulce Ángelo y que correrá hacia la casa de mis padres para intentar detenerme, llegando tarde, pues alguien más ya me había reclamado, y él… él en realidad era mi verdadero dueño. 

Empecé a caminar por el parque en donde crecí, antes de irme completamente de esta ciudad tomé la decisión de recoger todas las cápsulas de recuerdos que componían mi existencia en la tierra. Caminé, y extrañamente mis faldas ya no pesaban, podía verlas con su celeste cotidiano casi siempre arrastrándose por el suelo, pero no eran motivo de cansancio, además, el corsé que traía ya no me quitaba la respiración, ahora que estoy en completa libertad a lado de mi dueño jamás volvería a sentir ahogamiento, aunque fuese posible ponerme el corsé más ajustado del mundo. 

Cuando era una niña, sin conciencia del misticismo que pudiese existir caminando en las calles de mi pequeño pueblo, confié en una persona, de faldas sueltas y pañuelos en la cabeza, ella me llamó a mí y a mis hermanas y las tres creyendo en un simple juego, la seguimos justo del parque en donde hoy me encontraba, hasta una casita pequeña a tres cuadras del lugar. Ese día pensamos que la adivina solo quería obtener las pocas monedas que unas pequeñas tenían en sus bolsillos, sí, lo sabíamos, pero no nos importó en lo absoluto, en fin, nuestros padres nos darían más, ellos tenían mucho dinero. 

Hoy doy fe de que jamás nadie me robará el recuerdo de ese día: Pequeños artefactos extraños y artilugios que prometían regalarte suerte se levantaban en el lugar en donde entramos. Anna, la segunda, estaba aterrorizada, pero yo me encontraba fascinada ante las cosas que mis ojos admiraban por primera vez, tuve suerte de que Cristiana, mi hermana mayor, sintiese la misma curiosidad que yo, pues me apoyó para poder seguir con el juego de la gitana. 

Ella nos pidió las manos de las tres y empezó a leer el futuro que teníamos, como era de esperarse, Cristiana tenía el más bello de todos: Una familia, un esposo amoroso que la apoyaría en su vocación por enseñar, Anna, llegaría a escribir lo que deseaba y yo… la menor de las Romanoff…- Pobre pequeña Agnes… ¿Por qué cargas con esa cruz? – la gitana mantenía su rostro impávido mientras las tres emanábamos un aire tenso- El horror que tu madre…

Y ahí empezó a narrar cosas absurdas como que nuestra madre había tenido una relación con un ser oscuro todo por conseguir la fortuna que hoy adornaba el apellido Romanoff,contaba historias de tinte siniestro haciendo alusión a que yo había sido concebida bajo el sello del pecado y que mi verdadero padre me reclamaría hasta volver a tenerme, todo esto frente a las miradas atónitas de mis hermanas, sobre todo, de Cristiana que vio mi rostro horrorizado y decidió sacarme de aquella sala, le dio unas monedas a la adivina y ella dejó que nos fuésemos.   

Esa tarde al llegar a casa ninguna de las tres   hablamos con mi madre sobre el asunto de la bruja y seguimos con nuestras vidas. Mis hermanas se aseguraron de que yo creyera que todas aquellas palabras solo eran un invento de una embustera, sin alma alguna que le encantaba aterrorizar a las niñas como nosotras para sacar un poco de dinero y comprarse quien sabe que cosas, después aquella misma noche, puedo recordar exactamente como empezaron a resaltar cada rasgo en mi rostro que se parecía al de mi padre y logré dormirme. 

Todo comenzó cuando cumplí los quince años, una noche de luna nueva que se juntó con la orden de mi madre de asegurarme si la puerta se encontraba cerrada por completo y mi soledad. Ese tiempo oscuro se levantó ante mí con una sombra frente a mis ojos; llevaba un traje negro, con la piel tan blanca como si se tratara de la misma luna en sus tiempos gloriosos, y su sonrisa… aquellos dientes que profetizaban muerte. Se acercó a mí y pasó su helada mano por mi mejilla. – Hija mía – susurró con su voz carrasposa- Agnes, te bautizaron justo como yo pedí.- ¡Aléjate de ella! – vi a la matriarca de mi familia correren mi dirección escondiéndome detrás de su cuerpo- ¡Vete!- Beatrice, los dos teníamos un trato. El dinero era tuyo, yo me llevaría a ese millonario para que su fortuna quedara en las manos de tu marido sin que nadie sospechara, todo, si ella me pertenecía. – Claro que no- espetó mi madre llorando- Sal de aquí, ahora mismo, vete. 

Los gritos debieron despertar a mi padre, aquel que fue creador de los pasos apresurados que se escucharon en mi casa y que espantaron al ente extraño en una humarada ligera. Beatrice estaba más pálida que el espectro, acertando únicamente a llevarme a mi habitación y acurrucándome contra ella empezó a decirme que yo era lo que más amaba en el mundo y que no importaba el origen de mi existencia, ella y mi padre siempre me amarían hasta que el mismo hombre que se encontró con nosotros esta noche los llevara. 

En realidad, hubiese querido que ese incidente se quedara aislado en la mente de ambas, pero no fue así. Al pasar los años el hombre de la cara pálida se aparecía en mis sueños y me hablaba al oído haciéndome perder todo rastro de tranquilidad, las voces cada vez se tornaban más fuertes, yo dormía menos y era incapaz de cerrar mis ojos sin asegurarme que el candelabro duraría toda la noche, al parecer la luz dispersaba un poco los pensamientos que mi verdadero padre quería sumergir en mí. 

Mi adolescencia fue prácticamente terrorífica, la gente ya empezaba a sospechar que yo actuaba rara en ocasionesporque incluso en los domingos de misa los susurros se hacían presentes, nunca pude adivinar como no me entregué a las livianas telas de la locura rápidamente. 

Una vez, días después de haber cumplido los dieciocho años una luz con brazos y ojos hermosos se apoderó de mi corazón. Ángelo, un hombre humilde que vio en mí lo que nadie jamás se atrevió, nunca me juzgó de estar loca y se atrevió a enfrentarse a mis demonios con cada partícula de dulzura que en su cuerpo sobraba, todo iba tan bien hasta que, por desgracia, los rumores de mi locura llegaron hasta los oídos de los padres de mi salvador y le obligaron a separarse de mí. 

Su distanciamiento sumado la muerte temprana de mis padres en un accidente misterioso, me dejaron en la más oscura soledad y desesperanza, pidiendo limosna de la atención a mis hermanas quienes ya habían formado susfamilias y que, aunque quisiesen no podían darme lo que yo necesitaba. 

Así que me dejé llevar por el compañero que me trajo el trágico final que un día la gitana predijo. La muerte, la parca o como sea conocido alrededor del mundo, mi padre, me guio hacia una botella de un líquido que prometía terminar con mi existencia desastrosa en la tierra y me dijo que así jamás volvería a estar sola, que nunca escucharía aquellas voces de nuevo, fue una propuesta tan tentadora y terminé por hacerlo. 

Antes, dejé una carta a mi querido Ángelo y a mis hermanas diciéndoles que nunca los abandonaría y que convencería a mi padre cada vez que pudiese para que no se los llevara pronto. Sé que pensaron que al final mi locura ganó, pero la verdad fue que solo seguí el camino que me tocaba seguir. 

Ahora, desde los ojos del más allá, después de haber dejado la fría capa de piel y carne que conformaba mi cuerpo terrestre y una vez que recorrí cada parte de la ciudad que significaba algo para mí, incluyendo la granja de mi amado Ángelo en donde encontré un poco de paz en mis momentos tortuosos sentí que todos mis asuntos pendientes estaban cumplidos. Al fin, puedo marcharme del brazo de mi verdadero dueño -de hecho, el dueño de todos en la tierra- ysentir cierta paz al no abrumarme por los constantes temores de un cuerpo mortal, aun así, a mis seres queridos les deseo una vida larga y plena. 

Este es mi destino, lo acepto con los brazos abiertos, con la mente libre y abrazando a la oscuridad que estuvo conmigo desde que mis padres me llamaron Agnes, sabiendo que era la misma hija de la muerte. 

Deja un comentario