Entre mi casa y el lugar de los hechos hay solo cinco calles.
Será por eso que nunca me costó quedarme ahí. 
Vi llegar un martes un río rojo hecho de ponchos y banderas, arrastrando las aguas de la indignación. los traía el viento, y el hambre. 
El río corrió bravo hasta arremolinarse en la plaza. su rugir fue uno y entonces, se convirtió en fuego, y de ahí no se movió.

Alrededor de esa hoguera nos fuimos encontrando, reconociéndonos las caras iluminadas por las llamas, volviendo al nido como caminantes que buscan calor.
Los días se hicieron largos, incomprensibles, extenuantes.
Las noches eran dormir sobre adoquines, a los pies de la iglesia cerrada. 
Solo la comida no faltaba: se multiplicaba como si dios existiese.
La plaza atiborrada de sombreros se convirtió en todo lo que me importaba de esta ciudad sonámbula. Sangre azul. puse en ella mis manos y mi corazón. 
Y puse mi llanto y puse mi voz. 
Y sentí mío, como nunca antes, eso que llaman pertenecer. 

Entre el 3 y el 13 pasaron once días.  
En once días, ¿Cuántos muertos?
Los que alcanzaron a matar.
Los dueños del circo nos pusieron en cautiverio.
Y se auto condecoraron con medallas por enjaular a los salvajes.
Los salvajes sobre cuyas espaldas levantaron sus tronos.
Luego ordenaron soltar al pueblo al ruedo, 
mientras se acomodaban en el palco,
para disfrutar de la función.
La masacre. 

Entre bando y bando se abrió un abismo de bombas y balas.
Por eso llovió sobre la tierra: la sangre y las lágrimas de los que llevaban el corazón sin escudo, el rostro sin máscara. 
Fue ese el cáliz del que todos tomamos y bebimos, la sangre de la alianza que no pudo ser. 
No había más consuelo que lanzarse a las calles para sentirse medio vivo, menos solo, menos triste.
En el mercado alguien gritó: vuélvanse a dónde pertenecen. señora, no sé de dónde diablos salió usted, pero yo, como casi todos, vengo de esos ponchos.
Los dueños del país, dioses del destierro, recrearon la historia que juraron no volver a repetir. 
Ni por el día de la raza hubo tregua.

Aquí, tan cerca de este páramo que crecía en mi corazón, en mis ojos achinados, en la piel morena y «acholada» que cuando era niña me hizo sentir de menos tantas veces. 
Y, en medio del caos, la alegría de las manos juntas, de sabernos los mismos. 
En medio del caos la música, los cantos en esa lengua dulce, para celebrar que habíamos resistido un día más. 
Te juro que nunca había vivido tanto en tan poco tiempo. 
Entre el principio y el fin hay solo quiebre.

El lunes despedimos a los peregrinos y la plaza quedó desierta. 
El martes mandaron a limpiar la ciudad para borrar su rastro, su olor. 
Para el miércoles ya todo era lo mismo,
pero yo cruzo el parque a diario y me acuerdo que ahí latió la tierra.
Y miro los balcones donde ondearon la bandera
y las paredes vueltas a pintar para tapar sus huellas. 

Entre ese octubre y este, no ha pasado más que un día: un larguísimo día que hasta ahora no termina. 
Entre mi casa y el lugar de los hechos hay 972 pasos. 
Entre el páramo y mi corazón, ninguno.
Será por eso que nunca me costó quedarme ahí.

Deja un comentario