¿Con quién me casé?

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Jeremías Donoso, mi padre, siempre solía contarme sus sueños extraños, decía que estos le emocionaba mucho más que cualquier sueño tranquilo y romántico, recuerdo que muchos de estos involucraban el fin de los días o guerras en las que él participaba, cuando era pequeño esas historias dignas de escribirse eran parte del desayuno mientras mis padres cocinaban y yo jugaba con la inocencia de un niño, eran mañanas realmente felices, hasta que un día sombrío nos arrebató a mi padre y a mí la dulzura y sonrisa de mi madre en un accidente de tránsito.

Desde aquel día, quien había sido un papá ejemplar se dedicó a aceptar viajes lejos de casa, yo la mayoría del tiempo pasaba con mi abuela y cuando él estaba, solo me contaba sus aventuras y me prometía que cuando creciera me llevaría con él. Los años pasaron, crecí terminé una carrera y me casé con Abigaíl, una muchacha que trabajaba en un museo, cuando la vi caí enamorado en menos de un segundo, era la mujer más hermosa que se cruzó en mi vida, de cabello rubio tan largo y lacio como tiras de oro, ojos grandes azules como el mar, labios rojos y piel blanca, tenía una voz hermosa, enloquecedora, me encantaba escucharla cantar, con ella tuve una hermosa niña, Alma, con cabello de su madre aunque todos decían que se parecía a mí, fue una época bella en mi vida solo por el pequeño detalle de que mi papá no conoció a su nieta hasta que ella cumplió los cinco… aunque no sé si él sabe que ella es mi hija.

Mi padre regresó de un largo viaje de cinco años para ser exactos , pero lo hizo siendo alguien muy distinto, Jeremías no era ni la sombra de quien había sido antes ni después de la muerte de su esposa, el día en que lo vi no podía creerlo, los médicos relataban una historia increíble: El hombre se encontraba en un crucero cuando de pronto saltó al mar, estuvo por minutos sumergido hasta que los rescatistas lo sacaron, él quedó en estado vegetal, solo podía mover su mano izquierda, abrir y cerrar los ojos, de vez en cuando sonreía además respiraba por sí solo así que los galenos solo me dijeron que debía esperar. Por concejo de Abigail interné en a mi padre en un lugar en donde le daban los cuidados necesarios, para ser sincero quería que él viviera con nosotros pero mi esposa resolvió que podría ser algo traumático para Alma crecer viendo a su abuelo en las condiciones en las que estaban, ella y yo peleamos mucho por eso pero al final terminó por ganar, ella siempre ganaba.

Han pasado exactamente cuatro años, hoy era el cumpleaños número ocho de Alma, estaba regresando de mi empleo cuando mi hija saltó a mis brazos llorando, alegaba que su madre la estaba maltratando y que salió de casa hace unos minutos, mi sangre se heló y no creí las palabras de mi hija, busqué a Abiagíl y efectivamente, no se encontraba en casa, debería decir que la rabia me invadió de inmediato pero no fue así, el único sentimiento que pude descifrar fue el de una preocupación inmensa. Dejé a mi hija un momento con mi vecina tomé mi coche, llegué rápidamente al lugar en donde sabía que encontraría a mi mujer, estaba mojada de pies a cabeza y sus ropas destilaban el agua que una vez había perecido al lago en el que ella nadó, Era uno en medio de la nada, este estaba conectado directamente con el mar, el lugar favorito de Abigaíl, le gustaba venir sola, nunca la vi nadar en ninguna situación aunque siempre lo hacía sin compañía.

– Perdona, la niña me estaba volviendo loca- habló sin regresar a verme- solo pedía y pedía con su voz chillona e irritante ¿Cuándo va a crecer?

– Es tu hija Abigaíl, nuestra hija, ese fastidio que le tienes a ella debe terminar.

– Es una pequeña cadena. La niña de tus ojos.

Desde que la niña empezó a hablar ella desarrolló un fastidio hacia su hija, algunos días este era más fuerte que otros, además el día en que Alma dio sus primeros pasos, su madre huyó y al igual que en esta ocasión paró justo en donde estábamos ahora. Abigaíl se había vuelto así desde que se enteró que estaba embarazada de Alama, su carácter, todo lo que ella hacía dio una vuelta entera. Amaba a esa mujer incluso con su comportamiento extraño pero no podía seguir de esta manera, éramos una familia y Alma sufría con el rechazo de su madre.

– Volvamos

– No

– Amor… es el cumpleaños de nuestra hija

-Tu hija, es tuya más que mía. Ve, no la dejes mucho con la vecina.

No hice nada para convencerla y regresé a mi casa, decidí llevar a mi hija para que jugara en el parque, comimos torta y helado, ella me pidió como último deseo de cumpleaños ir a ver a su abuelo, aunque el hombre no podía hablar, mostraba cierta mejoría cuando veía a Alma y ella se emocionaba, aun en la situación que se encontraban ambos se demostraban cariño. Llegamos muy rápido al lugar en donde estaba mi padre, mi niña de inmediato se lanzó hacia su abuelo y se dispuso a contarle que día era hoy y lo que había hecho. Jeremías dibujó una leve sonrisa en su la cara que solo aparecía cuando su nieta le daba cariño.

Me senté cerca de ellos hasta que una de las enfermeras me saludó.

– Señor Donoso, buenas tardes.

– ¿Cómo está señorita López?

– La verdad muy animada por el cariño y la preocupación que tienen por Jeremías, por la mañana vino su esposa Abigaíl, como todas las mañanas y ahora usted trae a la pequeña…

Escuchar el nombre de mi esposa hizo que saltara de inmediato mi atención entera a lo que la señorita decía, le pedí de vuelta que repitiera lo que dijo y lo hizo, ella me explicó que mi esposa venía todos los días a ver como se encontraba mi padre, a veces terminaban quedándose a solas y el enfermo recaía, luego de esto ella se iba.

– No entiendo como la preocupación de su mujer afecta tanto a su padre, ella es tan dulce y se preocupa.

– Alma – dije- es hora de volver a casa, vamos amor.

Ella refunfuñó pero luego le dio un beso a su abuelo en la mejilla y regresamos. Las palabras de la enfermera me rodeaban fuertemente la cabeza, mi esposa no sentía cariño ni siquiera admiración por mi padre, nunca fueron unidos, ella mismo se opuso a que él se quedara con nosotros, esa noche no le dije nada, pero me prometí averiguar qué era lo que mi mujer se traía entre manos.

Las semanas pasaron rápidamente y el calor de la ciudad cada vez se volvía insoportable como el mismo humor de la madre mi hija, hubo veces en las que fingía alguna enfermedad y me quedaba en casa, en todas y cada una de las veces Abigaíl salía con el pretexto de ir a por medicinas, se demoraba algunas horas y en ocasiones volvía sin ningún fármaco. Hoy se repitió el ritual pero ahora me dispuse a dejar la cama y como nunca, revisé sus cosas, al principio no encontré nada sospechoso pero mientras mi búsqueda avanzaba me di cuenta de un compartimiento secreto en uno de los cajones de ella, no podía creer lo que encontré, eran varias fotos de hombres de todas las edades, algunos en barcos o lanchas pesqueras, mi asombro aumentó cuando me di cuenta que uno de ellos era mi padre, en un crucero.

– Cariño… – Abigaíl llegó hallándome sorprendido con las manos entre sus cosas no reaccionó de manera agresiva ni ofendida lo cual me asustó mucho más que las fotos- Bien… sabía que este día iba llegar, me alegro que sea ahora… ya no aguantaba. Sígueme.

Nos subimos en el auto, ella manejaba, no dijimos ni una sola palabra hasta llegar al lago en donde siempre nadaba, nos bajamos dirigiéndonos hasta el muelle, la mujer empezó a deshacerse de la ropa que tenía y se lanzó sin previo aviso al agua, se sumergió por completo no hubo rastro alguno de su existencia en la superficie además de su ropa regada en la madera, pasaron los minutos y ella no salía, entonces, sin pensarlo dos veces saqué mi camiseta por encima de mi cabeza y me lancé para buscar a mi esposa. Cuando las burbujas se dispersaron dejaron que viera lo que contenía el agua pacífica: Una criatura fantástica pero grotesca se alzaba delante de mí, su piel era escamosa de un color que se mezclaba entre el azul y el verde, poseía los dedos de sus manos unidos por una tela delgada y tenía una figura de mujer que terminaba en cola de pez, su rostro y su cabello eran de mi esposa, de Abigaíl, mi esposa era una sirena.

Nadó hasta la superficie, la seguí y al llegar al aire puro me mostró sus dientes filosos

– Sorpresa- habló la mujer- era lo que te ocultaba, soy una sirena, muy vieja, por cierto. Me encantaba mirar a los humanos, como podían estar tan cerca de los cuatro elementos sin temer y aunque las sirenas podemos obtener piernas y salir a la superficie no podemos permanecer mucho tiempo en esta sin morir al intentarlo.

«Eso fue algo que siempre me molestó y nunca me conformé con la idea de quedarme entre mis hermanos y no conocer lo que había detrás de la orilla. Mira, mi querido, nosotras podemos obtener piernas si devoramos almas humanas, es por eso que las leyendas narran que nosotras llevamos a los hombres a la muerte, no para comerlos sino para robar sus débiles almas, sus pensamientos. Lo que hago es tragarme el alma de tu padre cada vez que puedo, si te preguntas, lo conocí en un crucero y si, fui yo quien cantó para que se tirara al mar, ahí hice de las mías y por eso quedó así. Luego te conocí, me pareciste un hombre encantador, me acerqué a ti y sucedió lo que no tenía que pasar, me embaracé, fue la peor sensación que pude tener pero tuve que quedarme contigo y la bebé porque mostrabas esa fascinación extremada por la criatura que estaba por venir, yo la detesté desde el primer momento y cuando empezó a caminar, fue un infierno tan grande ¿Qué sentirías al ver que tu hija hace lo que tú nunca pudiste? Los celos incrementaban cada vez más, esa pequeña podía caminar sin hacer las terribles cosas que yo hacía. Y las fotos… son mis víctimas, me pareció divertido ver lo que eran antes de cruzarse conmigo.

– ¿Por qué visitas a papá todos los días? – solo sabía hacer preguntas ante el horror y el asco que sentía- ¿Qué es Alma?

– Digamos que es mi fuente de energía personal y Alma… ella es humana, cuando la concebimos yo también lo era, además las especies no se mezclan, que tenga algo especial… no te lo puedo asegurar. Y no, no me arrepiento de lo que hice porque así te conocí amor mío – dejó caer con delicadeza su mano viscosa en mi mejilla- Pero ahora… sabes mi secreto y eso es peligroso, perdóname – me besó- pero debo acabar contigo y con nuestra hija, no puedo exponerme así.

Entonces me tomó fuertemente de la mano y empezó a nadar aguas adentro, traté de zafarme pero su agarre era firme, estaba seguro que moriría ahí y nadie encontraría mi cuerpo, ella luego iría a por Alma y le haría lo mismo, ¡No! no podía permitirme eso, logré soltarme y luchar con ella que rasguñó mi piel haciendo que soltara el poco aire que estaba reservando, la desesperación hizo que recordara que en mi pantalón traía una navaja… pero ¿Era capaz de matarla? Ella me tomó del tobillo tan decidida a terminar su trabajo, me di cuenta que Abigaíl si podía acabar con mi vida y con la de su hija así que tomé mi arma, nadé hacia ella y rápidamente la clavé en su cuello, su manó me soltó y pude salir a flote, lo último que vi fue su figura hundirse en el lago para jamás ser encontrada.

Tenía heridas, algunas más grandes que otras, más en el corazón que en el cuerpo, pero necesita ver a mi pequeña Alma, ahora éramos los dos, solo los dos frente a lo que viniera. Pasaron algunas horas ese mismo día y cuando estaba solo en la sala llorando la pérdida de la mujer que tanto llegué a amar pero que resultó ser un ser despreciable, entró una llamada a mi teléfono, me avisaron que mi padre había reaccionado. Ahí me di cuenta que había matado al demonio y liberado a mi padre. 

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