Educación superior: alharaca mediática vs. deprimente realidad

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Con la ciega terquedad de quien se empecina en ocultar la basura bajo la alfombra, entidades de educación superior hay que intentan echar un manto de olvido en torno a las escabrosas pero inocultables circunstancias que dieron lugar a su encasillamiento en categorías que, discutibles y todo, no dejaban de ser el corolario de las simulaciones y mascaradas que aupaban, y aúpan, sus gallináceos vuelos.

Cumplidos unos cuantos años de esos embarazosos trances, se esperaría la concreción de cambios que fueran más allá del simple maquillaje, de los “bien equipados laboratorios” o del craso cemento armado, pero, en la realidad, no se ha superado sino en forma por demás acotada la arraigada mediocridad reinante en el plano académico, y hasta se han exacerbado, las consabidas disfunciones a la hora de reclutar docentes, empleados y trabajadores, tanto que los defensores y beneficiarios de este festín, ni cortos ni perezosos, han salido a derrochar la última gota de recato, –qué más da–, para proclamarse adalides de una excelencia que disque han venido a instaurar; poco o nada les ha importado el tener de rectores a sujetos prontuariados y con procesos judiciales en curso, que aquí lo urgente y lo prioritario ha sido jugárselas por “el proyecto”.  

Y bueno fuera que “el proyecto” tuviera como meta la construcción de instancias de excelencia académica y progreso social, pero nada que ver: entidades estatales de educación superior hay que, en la práctica, no son del Estado, sino de quienes se hayan hecho de sus riendas sin otro móvil que gozar de elevados ingresos, beneficiarse de jugosas prebendas, y seguir manejándolas como tristes agencias de empleos, cargos y contrataciones parafamiliares, allegados, recomendados, contribuyentes decampaña, concubinas, concubinos, entenados, recomendados y otros coparticipes de tan funesta opereta; cierto es que para montar esta carnavalesca alharaca se ha tratado de capitalizar las publicaciones y logros profesionales de catedráticos y estudiantes esmerados, que sí los hay, pero no menos cierto es que se lo ha hecho a regañadientes, más todavía si el mérito y la excelencia de buena ley no suelen ser muy del agrado de los mediocres del común ni los títulos, logros y habilidades de muchos docentes corren necesariamente parejos a un mínimo de elementales virtudes humanas: ¿Quién de nosotros no ha conocido, por ejemplo, a algún profesor de sólida formación y notable dominio de su materia pero que, en tratándose de calidad humana, no pasa de ser un acomplejado enfermo de taras, resentimientos, bajezas y mezquindades?

Tan degradada está la esfera pública, y tan por los suelos ese pacto llamado moral, que a los copartícipes de esta apoteósica bacanal, como digo, no les preocupa tener como rectores a auténticos delincuentes y traficantes de influencias, sino que no tienen el menor empacho en salir a defenderlos y adularlos en las calles y en las redes sociales: no hace falta ser un experto en estos asuntos para percatarse de cuanta desvergüenza y simulación esas infestadas redes testimonian, no solo en detalles como la sistemática, inmediata e innegable ocultación de comentarios desfavorables, descarnados muchos de ellos, sino en la enfermiza repetición de los más trillados epítetos en pro de lo indefendible: unas “recategorizaciones” y unos resultados electorales a los que sin moderación alguna se califica de “históricos”, como si en la arena pública no se conociera la ruindad, la ausencia de debate, el dolo y la concusión, que subyace al ejercicio de bien identificadas entidades de educación superior deshonrosamente degradadas a triste medio de subsistencia de hordas y hordas de peleles y zanguangos, de simuladores y mangurrianes, de logreros y arribistasque, sin un cargo, un contrato, o un nombramiento, no serían nada ni serían nadie; la excelencia ajena, como ya lo he dicho, estorba, incomoda, quita el sueño…; si dichaexcelencia además es crítica, peor aún, que lo que allí se “valora” para hacer “puntos” es el servilismo, la sumisión, la obsecuencia, la adulación, el “espíritu de cuerpo”, el silencio cómplice o la más descocada alcahuetería.

Así y todo, sabiendo que clamo en el desierto, no me he contenido en volver a denunciar algunas de esas desvergüenzas que en nombre de la educación superior día a día se esputan; otra cuartilla más que, se los doy firmado, ha de quedar sin respuesta.

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Franklin Cepeda Astudillo
Comunicador Social por la Universidad Central; Magíster en Estudios Latinoamericanos y Doctor en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar, Especialista Universitario en Historia por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Miembro de la Academia Nacional de Historia. Autor, entre otros libros y trabajos, de Riobamba: Imagen, palabra e historia; Riobamba: Ciudad y representación. Participó en Artes, literatura e historia en la vida y las representaciones del Quijote; Ciudad y Arquitectura Republicana de Ecuador, 1850 – 1950; El ferrocarril de Alfaro; Patrimonio Cultural: memoria local y ciudadanía; La Música ecuatoriana: memoria local-patrimonio global, Italianos en la Arquitectura de Ecuador y otros libros.

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