El Barquisimetano

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Barquisimeto, su pueblo y el mío. ¿Cabe recordar que tienen un Gobierno imbécil? Creo que no. Huyó, sin decir más: a pie. Venezolano de carne latinoamericana; hambre con tez trigueña, la conciencia de no pecar por sus pies planos y ser mejor que a lo que oyó de los demás. Rumichaca, un desvío. Quito: un pasatiempo. La Panamericana, una canción venezolana, un cuarto llanero, era lo que encarnizaba su pecho. A Maduro, su merced, le dijo: Videla, Pinochet, Castillo Armas, Trujillo te agradecerían por ser de izquierda, estarían orgullosos, Nicolás.

Richard, de apellido Infante, de niño, pisó el Ecuador tanto después de los periplos caracterizos en comedias trágicas y perdidas. Riobamba, ciudad mestiza, o sea, revestida, aculturada, india avergonzada, lo explican otros, ¿era el destino? Al fin y al cabo llegó. Gelatinas y pasteles encenizados, infecciones intestinales, eran la dieta y el emprendimiento, diría el presidente Moreno. Para encontrarse con Kimberly solo bastaría aquello.

Las ciudades frías, pero a lo mejor se desnudaría, dejándole los nudos a quien quiera, para crecer en prejuicidad y vejentud recalcitrante.

La Kimberly, nombre que hasta a él le aterraba era así: libre, mujer, rebeldía feminista, Simone de Beauvoir del páramo. No sé las condiciones familiares que le atormentaban pero esto me contaron. Mataron a Diana Carolina en Ibarra, ciudad hasta entonces siempre blanca, adonde todas las veces, dizque, se vuelve. Había que salir a marchar porque es lo único que hacemos siempre: movilizarnos, tirar piedras. Encabritarnos. Salimos. Pero él a trabajar: a Ecuador —¿Venezuela?— se lo saca trabajando. Huevadas. El hambre era más, sino se comería sus miserias reposteras o sería estibador mediocre, como aquellos muertos a causa de sus gallos. Pero no.

Unos universitarios te entrevistaron, Richard; fue asesinada por un venezolano, entonces: nosotros culpables. Putrefacción social a causa del extraño. Riobamba, ciudad de las primicias: Xenófoba, homófoba, racista, machista, alcohólica; peligrosa en su descuido, elegiaca en su olvido. La primerita en eso. No olvidemos a los indígenas que son la única herencia que tenemos.

«¿Y cómo es la huevada? Nos matan y nos violan, y nadie dice nada». Gritaban las mujeres, encarnizadas. Para ese entonces ya habrían violado a Martha en Quito.

La vaina está peluda, pensaste Richard. Saliste con tu charolito, la Carmen te dio los insumos: Volverás, ¿no?

Un dolarito, padrecito, reina, lo que me quiera colaborar. Ya qué coño, cuerpos de yuca. Las ventas no te salían bien, tenías el sello de Caín en la frente, en tu piel, toda el alma señalada por la brutez atroz de los riobambeños —ecuatorianos y Gobierno— que generalizaban al asesino: sentías miedo.

—¿Venezolano, verdad? —te preguntó ella.

—¿Por qué?

—Apestas —dijo, y se rio—. Dame dos gelatinas.

¡Naguará! Qué viva esta. Ya la odiabas, Richard, no se merecía tu tiempo, ni tus golosinas rancias.

—Chama, cómprame la torta —antes de que se vaya.

—Acompáñanos, mejor. Puede que te compren algo.

Caminaron juntos, para ese rato el INEC dio a conocer que en 2018 seis niñas de diez años habrían parido los engendros de sus victimarios. La Primera Constituyente pintada de verde, bandera libertaria, violeta del futuro que tenía aroma de mujer, y era más justo para todos: Richard Infante no lo entendía, pero caminaba, vendía y vendía. ¡Vaciaste el charolito, cabro! Ella, ¿su nombre cuál era? Kimberly, Kimberly, es verdad, iba junto a él. La serendipia te recordaba, sí: los Andes Larenses.

El baúl atiborrado de recuerdos, pero la vida es otra, y las circunstancias te exigen nuevos debes y haberes. No morirse de hambre, o de olvido, eran una de ellas. No había sentido: estaba en una marcha que no le pertenecía, una lucha de la que entendía un carajo. ¿Sería por ignorancia, por pereza, por conformismo? ¿Por hombre? No. La imbecilidad, la estupidez, no eran su fuerte.

La Kimberly estaba contenta, con una gelatina nauseabunda en las manos, la miró, por primera vez, entera. Pequeña, de perfil incompleto, manos cargadas de tiempo perdido y algunos minutos, ¿horas? vacíos. Eterna con las arengas.

Te quedaste contigo, parado en el aliento amargo, apestoso, de quien solo se queda, suspirabas: «¡Qué chama!» Volvió a su buhardilla; significaba unos cochinos sillones, unas fotos que despegadas se caían como su país, pero no como el Gobierno; el olor a humedad y guardado, viejos murmullos, le abrazaron por bienvenida. ¿De comer? Qué huevada —acendrada palabra aprendiste hoy— no tenías, nunca, nada para prepararte, apenas un cambur mosqueado, parchitas miserables; extrañaba la lechoza, el Pabellón Criollo, el café negro.

—Vamos a dormir —respondió a sus tripas—: para no comer.

Y, como en escenarios Vargasllosianos, jalaste la cadena del retrete. La matrona, dueña de la pieza, solo dejaba a los inquilinos tirar una vez al día el agua de la taza del baño: «Ahorremos, no hay plata, venecos». Un aura llena de enmierdamiento con orinas y heces fecales internacionales inundaban, envolvían, todo el Edificio Prometeo.

Pasarían meses, en ese entonces, Juliana Campoverde, se descubrió, fue triturada por el pastor Jonathan Carrillo. Kimberly, sería ya, luego y entonces, recuerdo, punzaditas en la piel, erizos en los vellitos de los brazos y piernas. ¿Qué pasaría con ella? ¿Seguiría viva? En Ecuador mueren las mujeres todos los días por el simple hecho de serlo; sintió terror de esa revelación, abandonó la ominosa idea. Qué curioso era vivir en una ciudad tan maternal, en la que quedaba todo a la palma de la mano, menos ella. Le fue bien intoxicando a los serranos con sus dulces atestados de tierra: le volvió el placer por la vida, hizo amigos, se vestía mejor, fue un cholito del montón, de esos que no tienen ni nombre y, sobretodo, tiraba la cadena dos veces al día: Victoria olímpica.

Frecuentaba la casa de una amiga que, obras parsimoniosas de Dios, hizo cuando llegó con el oprobioso charol de caramelos a una misa en Bellavista.

—Sí, ven nomás.

Cuando llegó, recordaste que en el país donde robabas espacio, y oportunidad a los ecuatorianos emprendedores y preparados, dizque, dizque; aprobaron el matrimonio civil —el eclesiástico sería lindo— igualitario, pero les negaron a las niñas, adolescentes y mujeres el decidir sobre sus cuerpos si un impresentable se atrevía a preñarlas. La contradicción ecuatoriana. «El Estado opresor es un macho violador», escuchaba todos los días. Tenía los motivos suficientes para celebrar que estaba vivo y enardecerse por el país ajeno, inspirado a infectarse con el pus de un trago: Llegó.

Recordó haber criticado la maternidad de Riobamba al no verla después de las protestas, en enero, por Martha y Diana Carolina, asesinada por un paisano: ¡Coño, ahí estaba! Fumando, pantaloncito cetrino, la risa acendrada, esos ojitos que trepanaban a quien la escuchaba. Te dio la náusea que le afecta a quien inferior se siente.

—Pareces tonto parado ahí. Entra, gil.

Te sacudiste los nervios, echaste pa’lante.

Saludaste, cortesías innecesarias, y te sentaste al lado de dos tipos: un flaco y otro barbón.

—Vele vele a esa man qué rica loco —le dijo el de barbas.

—No sé, mija. Me da igual —respondió el flaco.

—Vos te pasas de gay —y regresándose a Richard—: ¿Sioquestá buena?

Y él: encogerse de hombros, reírse de ellos. En ese momento, Liliana fue violada, asesinada y calcinada por su primo, en Atahualpa.

«Par de mecos». Escuchó quejarse a las barbas.

Bebía Norteño —porque no había Ron Culebra— y Switch —¿qué dizques el Cucuy, ve? Pobres gentes— conversando con estos dos ecuatorianos que, contradiciendo a su presentación, apoyaban el casorio homosexual, y se encabritaban porque no despenalizaron el aborto en casos de violación, sobretodo el flaco; resultaba incluso insoportable:

—Cacha, loco: Legalizan la yerba pero no el aborto. Son una mierda.

Pero eran tres hombres heterosexuales, poco, mejor nada, importaba su opinión. No aportábamos a la lucha, éramos del sector privilegiado por el simple hecho de ser hombres, como la muerte, la violencia, la sumisión por nacer mujercitas.

La euforia, «el trago cumple con su deber», la gente se incendiaba por la intoxicación. Se acercaron a conversar, la Kimberly llegaba, te vio:

—¿Venezolano, verdad? —hipando, riéndose luego, en el hueco de tu abrazo. ¿Habría pensado, aunque sea, un poco en ti?

—No me compraste nunca la torta, chica.

Crepitando por el ardor del guaro, la gente lloraba sus memorias por El Triste, muerto, al fin, en ese momento, la semanita anterior, Richard: un grande, escucharasle verás. Le dijo el Barbón, vomitando el puro, quedándose dormido.

Cada vez se daba cuenta: los riobambeños son tipos tristes que, generalmente, se refugian en las camineras para justificar su sensibilidad; no les juzguen por llorar y encariñarse entre hombres.

Ahora se cogían de la mano. El nimbo de su cuerpo le recordaba los arreboles barquisimetanos, cuando el coño de su madre no nos arrastraba por el suelo y condenó al pogromo latinoamericano: desgraciados en todas partes, bienvenidos en ningún lugar.

Entonces llegaría la elipsis. El brinco de la historia; cerrarte la puerta en la cara para que no sepas lo que pasa en la canícula de las sábanas porque no es tu incumbencia. El performance venezolano en su línea ecuatorial; ese era el verdadero recelo que tenían los machos locales ante las prerrogativas globales: venecas. La inseguridad de no verte después, de sentir un cuerpo encima del tuyo, con una humedad que temblaba, crepitaba, se deshidrataba por los poros; la Caña Manaba en la sangre. El miedo a un jevo discreto, escondido, que se convertiría en un montado: no. No hay nadie. ¿Y quién hablaría de las manchas que deja el olvido a través del colchón? Como cantan en aquel Eclipse de Mar. Era eterna e intensa, jocundo encuentro; pero, ese rato, dos hombres violaron a una niña con síndrome de Down en Calderón.

—Te veo tarde.

Regresó al excrementicio ambiente del Edificio Prometeo. «Tarde». Odiaba la ambigüedad con que los ecuatorianos hablaban. ¿A qué hora es tarde? «Yas de saber».

Detestaba ese entorno misterioso en el que se termina diciendo nada. Por querer ser profundos nunca llegaban a ser claros. Tarde, otra vez. Te regañaba la Carmen; estabas ratón y oliendo a sexo.

—¡Mudo, vienes chuchaqui! —gritándole—. Hoy no trabajas. ¡Lárgate! ¡Mejor ve, ni vuelvas, cojudo!

¿Ahorita era tarde ya?

Sí, pero para la Fiscalía: Iván abusaba sexualmente de su hijastra casi quinceañera, en Cuenca, y a parir mija si concebiste.

Recorría las calles y avenidas, a qué hora es tarde, coño. Da igual, andaría, caminante había camino, hasta el departamento de ella. La niebla le anunciaba lluvia, ¿aguacero?, el clima es mediocre en esta ciudad, el sol no se atreve a arder y las nubes todas, con sus panzas enormes, amenazaban tormenta, tuvo la impresión de estar respirando agua.

Subió la Junín, recordaba que el flaco ese le contó que allí vivió un negro y lo mató su gallo; qué borracho estaba. Llegó a la avenida La Prensa, la Brigada, el aeropuerto: Ni un solo avión. Una piedrita pateaba, tarareando una raspacanilla. Eran las cuatro, y domingo: demasiado tarde, las nubes se tragaron al sol, cayó la noche a esa hora; se acercaba. Llegando al condominio, atisbó una pareja gritándose, cerca de un carro con matones adentro

—Vos eres mía, chucha —dándose golpes de pecho—. ¡Debes quererme a mí!

Apretaba su cuello y zarandeaba el seráfico cuerpo.

—Ve, verga… —sufriendo, soltándose. Un chirlazo, tambaleaba, se caía.

Tras la bofetada vio su cara: Kimberly. Ahorita era tarde. ¿Llegaba tarde? El cielo tronaba, se iluminaba en destellos, fotografías, mucho ruido. Se acercaba ¿la tempestad? Y lo vieron. Apearon, te cogerían de las ropas, te golpearon la cara, la virilidad, te hicieron daño, te escupía el Macho Cabrío: «Veneco de mierda. Es mía. Hasta vos sabes que tus putas tienen sida que te quieres coger a la mía». Te sacaron la madre, dirían aquí, te cayeron en cayapa, se asustarían allá. Y de extremo a extremo, brazo a brazo, te abofeteaban, golpeaban, lastimaban, herían, laceraban; La Divina Pastora te confundiría con algún Cristo Redentor. Tu mirada en Kimberly, tirada en el suelo, cualquier cosa, un cuerpo desperdiciado. Entonces fueron las trombas, diluvios universales; te soltaste de los orangutanes, que buscaban escampar de la tormenta. Difícil creer que eran riobambeños; ¿paisanos, a lo mejor? grandotes, mulatos, fuertes. Cualquier cosa menos un local. Corriste a verla, todo va a estar bien, dirías. Limpiarías su ropa, también las heridas de su tez nívea, la calmarías aunque te pudras de miedo: No respondía.

—Era mía —se acercó el Macho Cabrío.

Ahora me toca a mí. Pensaste, y recordabas a un mexicano, bajo tierra, pudriéndose, que cantaría que te quedes, Kim, un poco, un poquito más, abrazado al empapado y ausente cuerpo.

No te mató, Richard. Llamó a la policía, victimizándose, pidiendo auxilios: Mataron a su novia.

Neutralizaron al asesino, a Richard. En las audiencias todo te señalaba, te apuntaba: Femicidio. 29 años en la de Cotopaxi. Reducido a un presidiario sumamente peligroso, conociste al pastor triturador, a los violadores, los femicidas, los pedófilos, los degenerados. Para ese entonces, las mujeres buscaban respuestas, la estupidez quemaba campamentos venezolanos. Vos morías de hambre, y frío en la de máxima seguridad, sin contar el hacinamiento, la escasez de agua. La crisis carcelaria te recordaba al país del que te desplazaron, solo que allá no peloteaban con las cabezas enemigas.

En diciembre, aprovechando la fuga de tres internos de la Regional, escapaste. ¿Adónde irías? No lo sé. La diáspora de tus paisanos era, más que nunca, la tuya. Escondido, en el páramo, en su desamparo, se dio cuenta que estaba muerto, «tarde», por la hipotermia y la inanición, condenando a Riobamba, a su lluvia y a su gente.

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