El Faraón

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Sofía sumergía su piel de marfil en la tina repleta de agua caliente que había preparado unos minutos antes para poder dejar caer el estrés de un día agotador en la oficina, aquel lunes no había empezado en lo absoluto de la manera que ella deseó, ni siquiera abrió sus ojos por la mañana y su cerebro ya le había regalado una de las pesadillas más horribles que jamás tuvo -la cual prefería no recordar-. Luego, su jefe le regaló un montón de textos y por último al llegar a casa se encontró sola exceptuando la compañía de su perro al que llamaba «Lobo». Minutos antes, su esposo le escribió para decirle que llegaría un poco más tarde de lo acordado.  

Repasaba cada una de sus extremidades con el suave jabón rosa que se veía ya desgastado por el uso y, mientras ella lo dejaba en su sitio, tomó su cabello rubio, lo recogió en un moño alto y así se quedó por un buen rato, murmurando canciones que solo en su mente tenían sentido, esperando la llegada de Elián, que seguramente no tardaría mucho más. Alargó por algunos minutos su baño quedándose lentamente dormida, dejando que el agua caliente y el delicioso olor a naranja la llevaran a la tierra de los sueños.

Sofía abrió los ojos y se aterró al ver que el agua que permanecía impasible alrededor de ella empezaba a teñirse de un negro azabache sin razón alguna. La mujer llevó en seguida las manos hacia su rostro y refregó aquellos cristales testigos incrédulos que había abierto hace solo unos segundos, lo hizo con fuerza para disipar aquel espectáculo que se empecinaba en seguir. Su respiración se sentía pesada al igual que su cabeza y cada cosa en su frente empezaba a tener su doble. Sofía intentó levantarse para salir de la tina, pero era un esfuerzo en vano, el agua se convirtió en su cárcel y la obligó a ver lo que estaba a punto de pasar.

Aquella sustancia que en un punto dejó de llamarse agua, decidió tomar su propio camino y deslizarse fuera de la tina hasta caer en el piso  y tomar vida propia. Desde el lugar en donde se derramó empezó a surgir unas piernas, tronco, brazos y una cabeza alargada como si se tratara de una corona de faraón unida al rostro del espectro, sus ojos no se distinguían, lo único realmente visible entre esa maraña de petróleo era la sonrisa de aquel demonio que parecía presenciar un gran espectáculo en el temor de Sofía. Ella intentó gritar, pero su voz fue arrebatada por el agua que empezó a trepar por su garganta, entrar por su boca; solo miró al ente terrorífico que hizo un ademán con la mano mientras se metía dentro del espejo del baño, él estaba despidiéndose… o tal vez saludando.

Llegó el momento en que la desesperación que le causaba el agua espesa al ingresar por garganta de la mujer fue demasiada que su corazón empezó a latir fuertemente, ella solo empezó a llorar y … despertó en su baño, completamente a salvo.

Sofía no tardó mucho en salir de la ducha y rodear su cuerpo con una toalla, su corazón clamaba aún por libertad y las lágrimas empezaron a alcanzarla, pero su estado de debilidad duraría poco cuando escuchó la puerta de la habitación cercana, cerrarse.  En seguida pensó que Elián había llegado del trabajo y con presura salió a su encuentro, revisó la habitación matrimonial sin encontrar signos de que su marido haya estado ahí. La paranoia se hizo presente tras aquel sueño haciendo que la mujer se encerrara en su habitación con su perro.

-Lobo … ahora me dirás ¿Fuiste tú quien azotó esa puerta verdad? -el perro respondió con un ladrido, moviendo el rabo e intentando lamer el rostro de su dueña- Si, claro.

El animal de un segundo al otro paró las orejas y corrió hacia la puerta cerrada, empezó a ladrar y rascar la madera blanca.

– ¡Lobo! ¡Ya! ¡Ven aquí! – exclamó con algo de temor. La manija de la puerta empezó a girar y cuando no cedió, el llamado a esta hizo que el corazón de Sofía saltara hacia su garganta.

– ¡Sofía, amor! ¡Llegué! Abre la puerta preciosa.

– ¡Elián! -la mujer saltó de la cama y apresurada abrió la puerta, saltó en los brazos de su hombre y agradeció al cielo.

– Pero ¿qué pasó? estás sudando- él miró alrededor y tomó entre sus manos el rostro de su esposa observando sus ojos claros y su tez blanca.

– Nada… nada… solo estaba alistándome para dormir -sonrió- esperándote.

-Está bien -dijo él, poco convencido- Iré al baño y nos acostamos amor, estoy muerto.

Elián se retiró dejando a una esposa preocupada en la habitación, él notaba en Sofía una actitud extraña desde la mañana y ahora un más, ella nunca se encerraba cuando lo esperaba en la habitación o cuando se vestía. Se encontraba cepillando sus dientes cuando al levantar la mirada hacia el espejo miró por medio segundo lo que parecía ser una figura de Faraón Egipcio parado detrás de él, su corazón se aceleró, pero volvió a su ritmo normal cuando se convenció a él mismo que había sido solo producto de su cansada mente.

Regresó a la habitación que compartía con su esposa, ella ya se encontraba dentro de las sábanas, él la acompañó y sin preguntarle nada le llenó de besos y abrazos mientras ambos se quedaban dormidos

Sofía odiaba quedarse sola en casa al pasar las semanas, cada día era una nueva tortura, su miedo incrementaba al igual que el ambiente pesado que empezaba a poseer la casa de un modo extraño, las cosas se caían de la nada y lobo estaba especialmente inquieto, ladrando sin parar cuando la noche caía, la mujer incluso llegó a pensar que estaba perdiendo la cordura. Y aunque Elián notaba lo mismo que Sofía, trataba de ser un hombre de piedra en el cual su amada pudiese apoyarse, haría lo que fuera por su esposa y mucho más ahora que la notaba débil y desestabilizada, ella le había contado su sueño con el espectro de la corona de Faraón mientras el recordaba lo que creyó haber visto en el baño aquella vez, notaba una cierta conexión, pero no quiso indagar más.

La noche en que todo se derramó como el agua al dar vida al Faraón, ambos se encontraban durmiendo por fin en paz, los brazos de él sobre la cintura de ella y la sábana de color azul protegiéndolos del frío ártico que azotaba la pequeña ciudad en ese tiempo, eran parte del cuadro encantador, lo que ellos no soñaban ni imaginaban era que todo estaba a apunto de convertirse en una pesadilla.

1…2…3…

Las luces de la habitación se prendieron de la nada, despertando a Elián.

4…5…6…

La cama empezó a sacudirse haciendo que Sofía saliera de su ensoñación y soltara un grito de terror.

7…8…9…

Las puertas comenzaron a azotar el viento, provocando en la pareja el terror más grande que jamás tuvieron, sus manos empezaron a sudar frío y ambas respiraciones agitadas acompañaban el sonido de las puertas azotándose, era como si el alma de ambos rogara por salir de ahí y huir lejos, como si… vislumbraran la tragedia cercana.

Ambos tomaron valor y de la mano, salieron de la habitación para correr escaleras abajo e intentar salir de la casa, misión que fue imposible pues la cerradura no cedió por más que lo intentaron. Volvieron su mirada hacia las escaleras, no creían lo que sus ojos estaban presenciando. La figura etérea de Faraón se encontraba bajando las gradas, dejando absortos a los esposos que habrían apostado sin lugar a duda que la última semana fue una pesadilla y que ahora mismo esta llegaba a su clímax.    

El Faraón miraba con su sonrisa diabólica a Elián y lo señalaba con un dedo raquítico, decidido. Iba a por él, Elián y Sofía intentaron escapar, pero de pronto el piso se convirtió en la sustancia en la que la mujer se había bañado en sueños impidiéndoles cualquier intento de moverse. Entonces, el espectro obligó a Sofía a ver como su esposo era poseído desde la boca por el espectro.

Elián alzó el rostro una vez que el demonio había desaparecido en él y aquella piel canela se habían vuelto tan pálida acompañada de unos ojos color gris enteros… sin pupilas.

-Hola Amor- espectó Elián, pero ya no era la voz del tierno esposo que haría todo por su Sofía, sino que ahora lo que salía de su garganta era propio de sicofonías fantasmagóricas, una voz ronca y casi imperceptible.

La mujer solo seguía mirando a su marido con ojos abiertos y con la respiración agitada, se encontraba rogando a quien sea que estaba arriba, que esa noche solo fuera parte de una pesadilla producto del exceso de comida o de algún video de terror que vio sin querer, todo esto mientras Lobo acompañaba la escena con ladridos desde afuera.

– Por favor, por favor – Susurraba la mujer con los ojos cerrados- ya quiero despertar, ahora, ya.

– No llores pequeña, que ahora tu esposo solo está durmiendo, no le harás falta, por mi parte, necesitaba el cuerpo de un joven sano y me interné primero en tus sueños, la mujer perfecta, débil, asustadiza pero casada con el hombre más sano y fuerte del pueblo para poder llegar a él.

Sofía se armó de valor y le gritó:

– ¡Suéltalo, déjalo en paz! -ella trató de zafarse de la sustancia viscosa que la sostenía a lado de quién fue Elián. Sofía movió más sus pies y logró escapar, echó a correr por la sala y se escondió detrás del sofá más grande, no sin antes tomar unas tijeras que había dejado ahí tras cortar el hilo con el que cocía un cuadro a punto cruz que le regalaría a Elián el próximo mes… por su aniversario.

El espectro empezó a emitir palabras en un idioma que la muchacha era incapaz de entender, se veía aterrada, sus manos cubrían sus oídos pues el sonido que espectaba era insoportable, ¿Cuándo alguien se daría cuenta de que algo no estaba bien en la casa de los Castañeda? Esperaba que fuera rápido.  De pronto, sucedió algo que no estaba preparada para escuchar, la voz de Elián, una voz desesperada.

– ¡Sofía, Ayuda… por favor! ¡Mi vida!   Tienes que venir, por favor…

Sin dudarlo dos veces ella salió de su escondite y lo que vio fue horrible, la cara de su amado esposo mezclada con la del faraón en un espectro desfigurado. Eso solo podía significar una cosa: Elián estaba luchando. Sofía comenzó a acercarse sin temor, decidida a ayudar al hombre con el que había compartido cinco años de su vida y cuando estuvo en frente de él se dio cuenta de que por lo menos en ese instante, su esposo estaba ganando la batalla contra el espectro de las pesadillas.

 -Debes salir de aquí mi amor, pero antes debes hacer algo – Habló el hombre- No será fácil, pero debes hacerlo, por el bien de todos.

– ¿De qué hablas? – la mujer notaba dolor en él, miedo y desesperación que empezó a llorar casi sin poder decir alguna palabra- Amor…

– Estarás bien mi cielo, pero…- Elián pasó saliva- debes matarme, terminar con él, no podrás hacerlo si sale de mi cuerpo, tiene planes horribles, los vi… debes hacerlo acabar con él- comenzó a gritar- ¡Ahora! ¡Sofía! Está regresando, ya no aguanto más.

– ¡No lo haré! ¡Elián! -gritó

– ¡Ahora!

– ¡No!

– ¡Hazlo!

– Yo te amo – dijo llorando la esposa accediendo a las súplicas de su marido, tomando el rostro de su esposo entre sus manos- Perdóname.

– Todo estará bien- él depositó un último beso en la boca de su mujer- Te amo también, ahora hazlo ¡Hazlo! -El Faraón estaba volviendo.

Sofía tomó valor y con fuerza apuñaló a su marido usando las tijeras que eran parte del regalo que le tenía, aunque Elián nunca lo vería. Él respondió con un grito que ella no olvidaría en toda su vida, ahí se iba el alma que tanto una vez la entendió, la protegió y la amó. Las estocadas fueron más constantes cuando Sofía se dio cuenta que el Faraón regresaba e intentaba pararle, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis veces y él se encontraba ya en el piso, siete, ocho, nueve diez, aquel espíritu negro salía del cuerpo de Elián y ella había matado al espectro, pero también al hombre que amaba. Se quedó ahí junto con el cadáver que era él… su esposo, su vida tirado ahí inerte.

Ella le había dado muerte, Sofía mató a su esposo.

Y en vez de huir, se quedó allí llorando, destrozada, con su cabeza sumergida en la sangre de su esposo, sentía que ella la rodeaba de pies a cabeza impidiéndole ver, oír o darse cuenta que la policía había llegado a su casa. Ellos la tomaron presa, acusándole de matar a su propio esposo, en el juicio de formulación de cargos Sofía negó todo, les habló sobre el Faraón y lo que habían vivido aquella noche, explicó también que jamás mataría a Elián, que ella lo amaba, que él se lo había pedido, todo fue culpa del Faraón, el demonio de la corona de soberano egipcio.

La Jueza no dudó ni un segundo en que la muchacha estaba fuera de sus cabales y ordenó que la encerraran en un hospital psiquiátrico de inmediato.

Desde aquel momento, Sofía permanece ahí, sedada, drogada, sin poder decir una sola palabra, alejada de los demás, recibiendo de vez en cuando electrochoques y deseando nunca haber tomado esa ducha, rogando para que todo fuera todavía… una pesadilla.

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