El Callejón de la Puñalada. Caracas-Venezuela

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo:

«Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias».

Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”.

– Albert Camus, El Extranjero

 

Johan Manuel López Mujica y Francisco Javier Ardiles (Lolo)

Caracas

La última vez que fui a Caracas fue hace como un año. No sé cómo está ahora. Mis amigos camaradas, los pocos que todavía me hablan y no me han eliminado de sus cuentas, evaden la pregunta y me mandan a comer mierda, cada vez que se me ocurre preguntarles por la ciudad. Mis amigos opositores por el contrario, me describen el escenario de un paisaje urbano post apocalíptico. Yo en verdad no sé cómo está hoy el lugar en el que viví intermitentemente más de 20 años y como no le creo a nadie, prefiero recordar y compartir lo que pude ver con mis propios ojos. No en calidad de corresponsal, ni de espía ni de influencer, ni de escritor, ni de militante, ni de defensor de los derechos humanos, ni de director de una ONG, ni de miembro de un colectivo; sino de testigo. La Caracas que dejé hace un año parecía una ciudad medieval. Estaba poseída por una suerte de enfermedad mental que ya lo había empapado todo. Era algo así como una especie de lluvia ácida que había deshumanizado a la gente. Muchas de esas personas ya no trabajaban, solo salían a recorrer las calles a su suerte, buscando lo que precisaban para sobrevivir de la manera que fuese ese día. Claro, a pesar de eso, la ciudad todavía seguía siendo ese pasillo embaulado, con el río Guaire en medio, y el Ávila por los lados, donde unos pocos comen lomito a la plancha en El Alazán, mientras los otros se baten a duelo por las cebollas que se le caen en el piso al vendedor de verduras de la avenida Lecuna.

Si salías a dar una vuelta por la parroquia La Candelaria, yo lo hacía todas las noches con Clemente y a veces con el Parra por cierto, porque hacíamos ejercicios después de salir del trabajo en la plaza de ese sector tan concurrido de la ciudad, encontrabas a mucha gente sacando sobras de comida de las bolsas de basura, para luego prepararse la “cena”. Cuando digo gente, me refiero a mucha gente, que se cruzaba con la que recorría las tiendas y entraba en las cervecerías a pasar un rato conversando, hablando de cualquier vaina; como si los otros no existiesen. Yo hace poco estuve en Sao Paulo y más recientemente en Buenos Aires, y ahí en la avenida Corrientes o en la Paulista, hay gente que efectivamente vive en la calles y duerme en las entradas de los teatros y las tiendas, pero que todavía conserva algo de humanidad; la gente que yo vi en Caracas hace un año, no; esa gente ya no levanta la cabeza ni te mira a los ojos. Yo soy de Parque Central, viví ahí, dormí ahí, comí y amé ahí, y por eso sé que hay un sótano, el tercero, donde los travestis que se prostituyen en la Avenida Libertador, viven en carros abandonados que les alquila un señor cuyo nombre prefiero no mencionar en este texto.

En la Caracas que dejé hace un año el crimen había crecido hasta extremos insoportables. Ya era imposible ir después de las 5 de la tarde al parque Los Caobos, que es algo así como el Parque El Retiro de Madrid, no exagero. También era riesgoso entrar a la Universidad Central de Venezuela que es más grande y monumental que cualquier otra universidad de América Latina. Tampoco exagero con esto, la uni es esplendorosa. Por ese nivel de inseguridad fue que nos cambiaron los horarios a todos los profesores. A mí me robaron dentro del metro dos veces, me desvalijaron el carro unos recoge latas y luego unos vigilantes se llevaron mi moto del estacionamiento de mi edificio, sin que nadie hiciera nada por evitarlo a pesar de que era un estacionamiento privado. Eso no me pasó solo a mí. Con esto quiero decir que había robos por todas partes. Claro, los que tienen camionetas blindadas, o chofer, o carro asignado por el gobierno, o escoltas, no se acuerdan de eso y por supuesto lo van a negar.

El narcotráfico aumentó de forma exponencial por toda la ciudad. Yo lo vi, repito, no me lo contaron. Algunas zonas, El Paraíso, La avenida Baralt, Caricuao, Petare, Sabana Grande, eran entonces lugares terribles, que no podías visitar después de la hora pico, ni siquiera los fines de semana. Basta decir que en apenas cinco años la ciudad perdió entre medio millón y un millón de habitantes. La gente huía o se encerraba en sus casas a esperar resignada a que le llegara la caja de racionamiento alimentario. De resto veía televisión por cable y navegaba por internet, servicios que en Venezuela son prácticamente gratuitos.

En un callejón de Sabana Grande, por ejemplo, podías ver, después de cierta hora, a los funcionarios de las agencias de inteligencia del gobierno, a los mafiosos, a los asesinos a sueldo que eran amigos de Johan y de Charles, a los travestis y a los chulos, y a los chulos de los chulos que adoraban al Parra porque era lindo. La ciudad era un espacio distópico bastante extremo, incluso demenciado, en el que reinaba la atmósfera de la sospecha, el crimen, la sordidez, los vagabundos, los drogadictos y la paranoia general. En Parque Central fui testigo de por lo menos un par asesinatos en pleno pasillo del conjunto residencial; vi a un tipo matar a un perro con un cuchillo porque le estaba ladrando. En ese lugar había muchas cámaras de vigilancia por todos lados, cámaras funcionando, operativas.

Eso era lo que generaba la sensación de que la cultura del país se había corrompido. El miedo ya no era una sensación esporádica, sino algo cotidiano que masticábamos todo el día, algo que estaba presente a cada paso, en el ascensor, en los pasillos, en las aceras y hasta en las conversaciones más frívolas. Esta sensación generalizada respecto al estado de inseguridad que se acrecentaba en la ciudad, derivó en una paranoia casi insoportable. Si veías a un motorizado acercarse enseguida te decías: me jodí, ya me mataron. En la ciudad que dejé hace un año, nadie se sentía seguro, ni siquiera con los cerrojos de las puertas pasados. Todo el mundo sentía que algún desconocido podía entrar por caminos oscuros e invadir su casa. Eso fue hace un año. No sé cómo estará ahora. Tal vez la cosa haya mejorado, y yo esté equivocado cuando pienso en mi hijo y se me ocurre pensar que todo está peor.

Cumaná

Mi ciudad es pequeña y pobre. Más bien siempre ha tenido un aire de solemnidad inmerecida. Debe ser porque es vieja—fue fundada en 1515—, recién hace un par de días cumplió 504 años. Yo soy radicalmente cumanés; no sé cómo es ser de otro lado, cómo se siente ser, por ejemplo, maracucho o caraqueño. Creo que no podré ser otra cosa; son invariantes que nos hacen ser de una parte y no de otra. Creo que seré irremediablemente cumanés el resto de mi vida. También allí, en Cumaná, nacieron un par de poetas (Andrés Eloy y José Antonio) y Antonio José de Sucre, el Abel de América, como lo denominó Simón Bolívar. Recuerdo todo de mi tierra: sus calles, sus antros, sus moteles de mala muerte (por la Iglesia Santa Inés quedaban unos cuantos, recuerdo al Lucina, un clásico de mediado de los 90). Pero por encima de todo, reconozco y admiro la bondad de los cumaneses, una bondad simple e ingenua; siempre dispuestos a echar una mano. Todo el que conoce a un cumanés, reconoce un alma solidaria por encima de cualquier cosa.

Allí nacieron mis dos abuelas y mis padres y mis hermanos y mis primeros amores y mis primeras borracheras y mis primeras decepciones. Allí también me gradué (la UDO y la Pedro Arnal, ambas ancladas para siempre en medio del corazón). Luego fui docente en el Silverio González, terminando el milenio pasado, un liceo emblemático donde también estudié. Uno es de donde siente nostalgia, allí donde el corazón llama incesante. Esa tierra se va con uno a desandar caminos. Esa tierra también siente con uno y adonde uno vaya: llora, se entristece, maldice, patea piedras, escupe arrecheras (iras y maledicencias), odia y ama. Todo cabe en el recuerdo y el recuerdo, entonces, es también una caja para guardar nostalgias de todo tipo y orden.

Tengo dos años sin ir a Cumaná. Dos años que me han resultado muy largos: la memoria del tiempo es distinta a la memoria del corazón; la segunda es más larga, quejumbrosa, proclive a la tristeza. Fui a votar, expresamente, por cualquier expresión de izquierda que fuese distinta al Gobierno nacional y a su muy mediocre y vil representante (quien finalmente sería electo gobernador). La infamia se instaló y no deja que nada prospere; el silencio y el despojo se disputan el protagonismo. Un mal distinto recorre sus calles desde hace más o menos 20 años. Sus calles, otrora alegres, musicales y danzantes; dieron paso a un noséqué bullicioso y ruinoso a la vez; sigue la fiesta, pero ya desde otro lugar, desde otras disposiciones y criterios. Ahora todos parecen malandros, sin sentido del pasado; ya no hay solemnidad inmerecida, ni colores pasteles en las paredes ruinosas de sus casas y edificios. El aire marino también es distinto. Un aire raro se ha instalado; se entremezcló con el agua de mierda que sale de las cloacas aledañas al mercado municipal. Las sonrisas del salitre perdieron su candor. El mal se instaló en la UDO; el gobernador y el alcalde (un tipejo episódico y olvidable a la primera), promovieron su aniquilación; ambos adalides del detritus y la mediocridad.

El deterioro de la ciudad ha sido continuo y acelerado. Como todo deterioro, inicia con timidez, pero sin pausa. El deterioro es un mal pertinaz que luego se hace cotidiano; está cohabitando con la nobleza secular del cumanés. El deterioro se aprovecha de esa nobleza y se posiciona; adquiere el valor de una costumbre; todo lo recorre, todo lo mata un poco. Así se murió El Tigre y mi tía; así se van muriendo los amigos de antes: el Hueso, y los de después: Marlito. La muerte acecha y es verdaderamente democrática, no pide permiso; es una facticidad que está allí; que recorre a los míos (¡Dios los salve!), a mis profesores, a mis amantes, a mis compinches.

Otros, como Joseíto, Bachaco, Leo Negro, Yenny, Luyeni, Vicent, Kevin, el otro Kevin, Gustavo e Irfene, Saulito, Oscar, Verónica, su hija, Mónica, su esposo, su hija, el otro Oscar, Robinson, Matías, Brenda, Nacho, Andrés, las Morochas, todos mis primos, mi hermano Michael, Harrison, Andi, el Morocho, Arquímedez y mi ahijado José Carlos, Elizabeth mi comadre, Marilyn, la otra Marilyn y sus hijas junto con Silverio, Nour y Moises, Eliasdi, Elyi, Jonathan, Xiomara, Luimag, su hermana, sus sobrinos y su madre, Gregorina, Joe, Monk, su nena y su madre, Lolo y sus hija y su hijo, Delia, el otro Lolo, Carlos el abogado, Freddy el abogado, Sebastián y su esposa, la Negra, Mariana, Jesús, los Parrilleros, Ricky, Eder, Ender, Armando, su esposa y sus dos chamas; Juan y su esposa, Jonahtan el bombero, Wilbert, mi tía Nino, Bárbara, Barbarita (no mi prima), Memi, sus dos hijos y su esposo, Mirenni, Norberto y sus dos hijos, Jenner, sus suegros, Caro y su hijo, la Hermana, Crhistian, su novia, Christian el hijo de la hermana, Marianyela, sus hijas, Dellymar, Cindi, Yamel, y sus dos hijas, Arcelia, Héctor, Luis Roberto y su esposa, Rafael, Carmynel y Aurora, Celimer y Mariela, Génesis, Juan Carlos, Piera, Magdalena, su esposo y sus tres hijos, Tania, Javier El Negro, Ronald del 47, su esposa e hijo, Arturo, la otra Delia, Dalia, Marina, José Luis, Luisa, Maribel, Roxana, Rosana, Brigitte, Karen, Daniela, Magaly y su chamo, Euclides, Asdri, Anyela, sus tres chamos y Junior, sus tías y sus primas (casi toda su familia), Juan, Edith, Karla, Karla de Bolivariano, Richard, Miguel, Laurent, Coquito, Miguel El Negro María, Frazzia, César, Manolo, Luis Pepire, Crucito, Audrey, su esposo y sus dos hijas,  Lorena y su hijo, Farfán y tantos, tantos otros. Son tantos los nombres y todos se fueron; todos más melancólicos que de costumbre. Todos con el corazón dando tumbos en una melancolía que no solicitaron. Todos morimos un poco; morimos un poco, lejos, en silencio. Tragándonos otros aires. El verbo resistir adquiere otro sentido. Resistir contra la maldita nostalgia que nos jala desde dentro. Resistir contra el estigma de ser otros…extranjeros.

No es verdad que conozca tantos asesinos como dice Francisco unas líneas más arriba. Conozco, a lo sumo, un par. Unos los conocí en Caracas, en El Callejón de la Puñalada; otros los conocí en las calles de la madrugada (Cortázar) allá en Cumaná. Pero esos asesinos no son nada comparados con este tiempo y espacio de no ser y no pertenecer nunca que vamos siendo sin ser. ¿Cuándo volverá la familiaridad? ¿Cuándo llegará el tiempo de las nostalgias in situ? Yo no lo sé, mi certeza de extranjero no sabe contestar esas preguntas. Algo se rompe continuamente,  sigue creciendo en los hijos del despojo, en las laceraciones que van tatuando la piel de adentro. Sólo nos queda extrañar con el corazón expuesto, en vigilia, en silencio…en despojo. A esta hora exactamente sé que todos, los de adentro y los de afuera, están en un perpetuo nostalgiar; extrañando no un tiempo bueno ni perfecto, sólo significativamente mejor. Lo sé porque mi mamá me dice que “está esperando que pase este desastre”; no me lo dice en tono partidista, lo siento en la pesadumbre de su voz, me lo dice en un tono profundamente humano, verídicamente material, tono de dolor o de quiebre. Me lo dice porque Natalia, tarde o temprano, se irá de su lado y vendrá a mis brazos a la gélida Patagonia. Me lo dice mi papá en un tono quedito, como arrastrando las vocales. Me dice que él sabe que “pronto esto pasará” y yo no veo la hora de abrazarlos.

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Johan Manuel López Mujica
Licenciado en Educación, mención Castellano y Literatura. Máster en Educación. Especialista en Comunicación Social. Doctorando en Comunicación Social de Universidad Nacional de La Plata-Argentina (en fase de tesis). Máster en Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Profesor-investigador universitario. Articulista de opinión en medios nacionales en internacionales. Su área de investigación está relacionada con la comunicación política, el discurso político y, más específicamente, a temas relacionados con el populismo.

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