Cuando mi hijo cumplió cinco años, nos dirigimos juntos a comprarle un regalo, éramos nuevos en la ciudad así que tardamos más de lo que deberíamos en llegar a la Juguetería, el pequeño Alexander estaba tan emocionado que casi no podía quedarse quieto en su parte segura del coche. Desde que su padre había muerto él se volvió tan inquieto y apagó toda la luz que en él habitaba días antes de recibir la noticia de la caída del avión que pilotaba mi esposo, que ahora añoraba con todo el corazón poderle alegrar con algún carrito de carreras o robot que poco me importaba si costaba una millonada, lo importante es que él sea feliz. 

Desde el fallecimiento de David, casi no me encuentro en casa y me siento culpable por no poder estar más tiempo con mi adorado Alex, pero las cuentas no se podían pagar solas.Mi madre estaba todo el tiempo cuidando al niño y crearon ya una conexión prácticamente indestructible lo cual me dejaba más tranquila. Así que hoy 13 de abril, decidí tener una tarde madre e hijo apropósito de su cumpleaños. 

—Mamá— se quejó Alex— ¿Cuándo vamos a llegar? 

Yo solté una risa.

—Estamos buscando un estacionamiento mi pequeñito. 

— Pero mamá ¿por qué no puedes dejar el coche justo aquí?

—¿Justo aquí? No Alex, no puedo hacer eso. 

—Pero quiero ya mi regalo—empezó a gritar.

—Alexander por favor, debes ser paciente. Ya llegamos.

Estacioné el automóvil muy lejos de la entrada y al salir Alexander decidió “ser flash” y salió corriendo por el parqué conmigo detrás y mi corazón colgando de las manos.Cuando estábamos a punto de llegar lo único que pude ver antes de que se me nublara la vista fueron las luces de un coche que estaba de salida y por un segundo casi no ve a mi hijo. 

— ¡Alex! — grité como poseída lo cual ayudó a que el hombre se diera cuenta que casi atropella a un niño.

Él, cuando se dio cuenta de lo que le pudo haber pasado bajóy revisó al muchacho que se encontraba tirado en el suelo sin conciencia, el susto hizo estragos en su pequeño cuerpo dejándolo tirado sobre la calle con sus ojitos cerrados o al menos eso fue lo que explicó una enfermera que después lo evaluó y dijo que estaba bien 

—Mi amor— corrí a él, no lo moví hasta que después de unos segundos, él mismo se levantó como si solo hubiese dormido toda la noche, tranquilo, sin llorar, preguntando en donde estaba y qué le había pasado. 

—Mami – susurró con su voz aguda de niño comiéndose ciertas sílabas— No te preocupes, yo estoy bien, no llores. 

No me di cuenta que lágrimas recorrían silenciosamente por mis ojos hasta desbordarse y encontrar su destino entre las manos de mi hijo mientras la gente empezaba a sumarse más bien curiosas, nada preocupada. Lo abracé   y peiné su cabello, dirigí unas cuantas palabras inadecuadas al hombre que le ocasionó el pequeño incidente hasta que se fue sin decir absolutamente nada, sin proferir si quiera un “lo siento”.

Estuvimos sentados un buen tiempo en una banca cerca de la puerta, le regalaron al niño una botella de agua, limpié sus vestiduras y solo tenía un par de rasgaduras, pero en general, él parecía estar muy bien.

—Cariño ¿cómo te encuentras? – le pregunté.

—Estoy bien mami ¿vamos por mi juguetito? 

Lo miré, reflexionando por un momento. 

—¿No quieres ir a la casa? 

—No mami, estoy completo, estoy bien. 

Y así nos movimos dentro del lugar hasta encontrar la juguetería, colorida con elementos de todas las formas, había niños jugando, otros haciendo rabietas. Cuando ambos entramos, no pude evitar fijarme en que algunos niños miraban a Alexander de una forma extraña, pero supuse que era por su cabello color rojizo y las pecas que adornaban su rostro, era obvio que no éramos de esa ciudad. 

Le dije a Alex que era libre, que podía elegir lo que quisiera, después de todo era su cumpleaños. El pequeño recorrió todo el lugar como por cinco veces antes de llegar al puesto de los peluches, dentro de este, su atención fue llamada en seguida por un caballo de felpa negro, que tenía una crin completamente blanca y ojos cafés. Era de esos peluches que traían sus patitas colgadas al aire y su cuerpo era más firme. 

—¡Quiero esta mami! 

—¿Sólo eso mi amor? — me puse de rodillas a su lado—¿Estás seguro que solo quieres ese peluche? 

—Sí mami, no hay algo mejor en este mundo.

Nos dirigimos a pagar el peluche y luego regresamos a casa, Alexander no se despegó de su regalo en todo el camino, era como si él había encontrado el mejor juguete, el más caro y lujoso de todos, bueno, es un niño y no estaba completamente relacionado con la riqueza, su cabeza solo podía procesar sus gustos. 

—Se llamará Boris— Exclamó cuando se acostó esa noche aún abrazado al caballo de felpa.

—Boris— repetí mientras lo acobijaba— Me gusta Alex. Muy bien, a dormir. 

Aquella noche todo estuvo completamente tranquilo y al siguiente día, mi hijo se quedó con mi madre mientras yo iba al trabajo, y ahí, no sucedió nada que recalcar, la acción empezaba en mi casa cuando la abuela de mi hijo se iba a sus talleres y me quedaba con el pequeño remolino sola. 

Pero ese día, al regresar a casa, el niño no estaba como de costumbre corriendo por el jardín jugando con su pelota favorita. Estaba tranquilo sentado en las gradas de la entrada con su peluche, como si estuvieran hablando con él, lo cual se me hizo de lo más normal del mundo porque cuando yo era pequeña mi padre me regaló una muñeca y solía jugara a tomar té con ella, al día de hoy no sé qué fue de ella.

Al pasar los días, debo decir que fue mi pecado no observar las particularidades que empezó a presentar, mi madre me dijo que ya no jugaba como antes, que estaba todo el tiempo encerrado hablando con alguien pero que pensaba que era común en los niños. A esas alturas yo empezaba a pensar que algo le había quitado la chispa que solía tener, esa que empezó a desarrollar desde la partida de David, Alex habíasido un muchachito hiperactivo desde ese día hasta antes de su cumpleaños. 

Una noche me pidió que le tomara una foto con Boris, así lo hice con mi celular y luego salí de su habitación, no revisé la fotografía en ese momento, pero el instante en que lo hice una vez ya instalada entre mis sábanas, terminé por tirar mi teléfono. La escena era digna de un cuento de terror y no sabía si era el flash o el movimiento de mi niño con el peluche, pero ese caballo traía los ojos encendidos en un rojo infierno que la cámara jamás podría producir sin el flash activo, pero lo que en realidad me hizo pensar que algo estaba habitando aquella felpa, eran las patas caídas, que se alzaban como si en vez de algodón tuviera como relleno huesos y articulaciones. Además, alrededor del juguete había un aura sutil de humo blanco. 

Respiré y salí corriendo hacia la habitación de Alex, revisé al niño y se encontraba durmiendo abrazando inseparable del caballo negro, estuve un momento ahí, acariciando su cabello hasta que una voz me llamó la atención. 

—¿Es bonito volver a tener una mami? 

Con los nervios de punta dirigí mi mirada hacia la puerta que se cerraba lentamente de la mano de una pequeña sombra con ojos rojos, pensé que el sueño estaba haciéndome alucinar, así que cerré mis pestañas, conté hasta tres y volví a abrirlos solo para constatar que aquella sombra que parecía ser de un niño cercano a la edad de Alex. 

—¿Puedes ser tú mi mami? 

No respondí por el miedo, el niño se acercó rápidamente a mí para peguntarme de nuevo. 

—¿Quieres ser mi mamá? 

—Yo… yo… no soy tu madre niño— fue lo único que pude decir. 

—Es por Alexander ¿no es así? Es por ese niño, he estado hablando con él y es muy tonto, no lo quieras, quiéreme a mí. 

A todo esto, Alex no se despertaba, seguía durmiendo muy profundamente y mi único instinto fue tratar de ocultarlo bajo las cobijas como si estas lo fueran a proteger de ese ente triste y solitario. 

—Él no va a despertar, no a menos que yo lo despierte. 

— ¿Qué le hiciste a mi hijo? – pregunté casi llorando. 

—Lo encerré ahí— señaló al caballo de felpa— Está ahí, es muy pesado, siempre llora porque quiere salir y estoy muy cansado. 

—¿Quién eres… niño? — proferí sin creer lo que estaba viviendo.

— Soy Boris, me atropellaron hace un año justo en donde tu hijo golpeó su cabeza, aproveché para colgarme de él hasta encontrar un lugar.

Entonces entendí por qué todos los niños dentro de esa juguetería lo miraban de manera extraña, unos incluso huían de él. Boris era la razón, se había colgado de mi hijo hasta encontrar el caballo de felpa y luego hacer el intercambio. Por eso mi pequeño había cambiado tanto, no era él, era este ente que quería ocupar su lugar. 

Alexander siempre fue mi vida, desde el momento en que lo vi por primera vez y toqué su pielecita suave sabía que daría lo que fuera por él y por su bienestar, como toda madre, daría incluso mi propia vida por mi pequeño hijo. 

—¿Cómo puedes irte de aquí?

—No quiero irme, quiero encontrar a mi madre.

—¿Cómo se llama tu madre, Boris?

—No lo sé, no lo sé ¡solo quiero a mi mami!

Las luces empezaron a parpadear, y las cosas en mi casa replicaron un temblor. Me acerqué con miedo y traté de “acariciar” al niño para que se tranquilizase, pero solo entró en un estado aún peor, yo no sabía que podía hacer hasta que se me ocurrió algo: 

—Boris… debes cambiar de Lugar con Alexander, pequeño, debes confiar en mí. 

— Es feo estar ahí dentro— espetó con su llorido de ultratumba.

— Debes entrar ahí esperarás a tu mami, por favor, te cuidaré hasta eso, te lo prometo. 

Me rompía el corazón de cierta forma y cuando vio que empecé a llorar, el fantasma accedió a entrar en el cuerpo del caballo y cambiar el lugar con mi hijo que en seguida se levantó de su sueño. En el segundo en que entró en el juguete me lancé a él y le coloqué un broche que traía una señal santa que por suerte dejó mi madre en el cuarto de su nieto. Al parecer mi intento de encerrarlo ahí funcionó porque no hubo ninguna respuesta segundos después. 

Dejé el muñeco de lado y abracé fuertemente a Alexander y le prometí que jamás volvería a tomar sin importancia sus cosas. 

—¿El caballo es malo, mamá? – me preguntó cuando se dio cuenta de lo que había pasado. 

Suspiré y tomé el juguete entre mis manos. 

—No, cariño, solo está perdido. 

Días después llevé al juguete con especialistas que me dijeron que tratarían de liberar el alma, pero no pasó. El niño decidió quedarse hasta encontrar a su progenitora y desde entonces, el juguete rueda de casa en casa, de coleccionista en coleccionista con la esperanza de algún día, encontrar a su madre. 

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Briggith Zárate
Mi Nombre es Briggith Zárate, pero me gusta firmar mis escritos como Bri Z. Castillo. Admito estar loca por los libros y por las letras, para mi no existiría vida sin la escritura, ni viaje sin la lectura, así que convierto mi vida en una eterna travesía fantástica y creo mis mundos con el gran poder de la palabra.

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