En espera

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Levanté el teléfono exactamente una timbrada antes de que dejara de sonar. Las cuento siempre. Y sé que era la última porque he tenido suficientes oportunidades para calcular el número de veces que el aparato silba; así puedo asegurarme de proporcionar el necesario tiempo de espera, y la también necesaria posibilidad de arrepentirse, a todo aquel que se atreve a marcar este número olvidado. Cuando me siento junto al teléfono suelo hacer carreras de resistencia para ver quien se rinde antes: él en dejar de sonar, o yo en mi ímpetu de no contestar. Casi siempre gano yo. Por eso me inquietó que esta vez timbrara más de lo habitual. Qué raro, si acá casi nunca llaman, o sí, pero son pocos los que permanecen en la línea con tan abnegada paciencia. O esperanza. O ganas de fastidiar. Si supieran que de este lado nadie se esfuerza por contestar, sino más bien por no hacerlo. Si supieran que acá hasta peleamos por tener que atenderlo. Tal vez lo saben y por eso llaman. Pero como hoy no tenía competencia, estiré el brazo y avancé a agarrar el teléfono justo a tiempo, con mis dedos como garras, mientras con la otra mano sostenía el libro entreabierto para no perder la página que había empezado poco antes de escuchar el primer sonido de alarma.

Me acerqué al auricular todavía con incredulidad y contesté casi sin querer, soltando un “aló” sin mucho esmero. Solo entonces reconocí tu voz extendiéndose recelosamente, incómoda, sorprendida y hasta arrepentida de haber insistido tanto, como queriendo dar medio vuelta y retroceder disimuladamente a través del cable. De seguro no esperabas encontrarte conmigo al cruzar la línea. Pero te habías lanzado al precipicio, el salto estaba dado. Agarré el teléfono con las dos manos temblorosas, temiendo que pudieras escaparte si lo soltaba. Perdí la página y no me importó. Deslicé la mano hasta el cable y lo apreté con mis dedos como pinzas, como queriendo obstruirte el paso, y lo enredé nerviosamente alrededor de mi pulgar, como si así pudiera marearte para que olvidaras el camino de vuelta. Tosí un poco, intentando disimular mi emoción efervescente. Y quise saber muchas cosas, pero la conversación trepó por otras ramas. Tú siempre preguntando eso que todos preguntan pero que nadie quiere saber. Ni siquiera tú. Amenizando con preguntas de rutina, sobre cómo está el clima o el tráfico en mi ciudad. Como siempre, como más va a estar. Digo, a quién le importa. Qué querías que te respondiera: no sé. Esta ciudad no es mi ciudad. Nunca lo fue. Tampoco es de nadie más. Es una ciudad sin dueño. Si es de alguien, será la ciudad de la desconfianza. Sí, de la desconfianza y la impavidez. De gente que se encierra en casas con las cortinas bien cerradas y nunca te mira a los ojos. Gente más o menos como yo. No me molesta caminar por sus callejones sucios y sin luz, donde solo te acompaña el frío. Tampoco por los míos. Pero en serio, esta ciudad no es mi ciudad. Tampoco es tuya, nunca lo ha sido, así que estamos a mano. No es que me importe demasiado pertenecer a algún lado, o tener algo que me pertenezca; provenir de algún lugar o alardear de mis orígenes. No tengo necesidad de decir de dónde vengo. Y sin embargo, se siente extraño sentirte extraño en el lugar al que has recurrido toda la vida.

La conversa no pudo acabar peor, ¿o sí? Round de preguntas y respuestas insulsas, los dos impacientes por colgar, fin. Así que, me quedé pensando, la próxima vez que llames —si es que vuelves a llamar— y yo, como hoy —es decir, como nunca—, conteste, quizá quieras preguntar algo sobre mí, digo yo. ¿Sobre qué exactamente? No sé, tal vez, para no perder la costumbre, algo sobre el clima o el tráfico —ambos caóticos— que se vive para mis adentros. Te invitaría a dar una vuelta por la ciudad intrincada que construí en mi cabeza, y entonces te iría señalando las esquinas que aún no me atrevo a franquear sola, y las avenidas concurridas que todavía me dan miedo, las cuestas que me quitan la respiración, las viejas rutas que sigo evadiendo y las nuevas que voy conquistando y conociendo cada vez mejor. Y si nos sobra el tiempo —y la confianza—, tal vez los recovecos míos en los que escasea la luz. Podríamos pasar horas bordeando mi propia intuición, tonteando en los redondeles, chismoseando en las esquinas, merodeando por los parques y con un poco de suerte, contemplando mis sueños desde algún mirador. No me malinterpretes, también me gusta —aunque me cuesta, aunque lo niego— hablar de lo que no sé. No te aseguro llegar a algún sitio: tampoco soy buena conduciendo por mis entrañas, pero al menos para eso sí tengo licencia. Aunque como sospecharás, no por eso estaremos libres de accidentes. Antes tenía miedo de perderme, pero paso tanto tiempo extraviada que ya le he cogido cariño a mi condición de sonámbula. Antes tenía miedo de perder el rumbo, hasta que me di cuenta de que en realidad nunca tuve uno.

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