Partiendo desde nuestra realidad me pregunto: ¿Cuántas veces hemos escuchado y adoptado el discurso de que las mujeres solo hemos nacido para el cuidado del hogar? Al parecer faltaría “dedos en las manos”.

Una de las prácticas más habituales y discutidas en la sociedad ha sido la construcción de estructuras sociales e imposición de muros que delimitan a los sectores más vulnerables. Por siglos, el pensamiento político patriarcal ha designado roles de vida tanto a hombres como a mujeres; lo público y lo privado se han constituido a los deberes, representaciones y obligaciones de cada ser.

María Antonia Gonzales (socióloga), realiza una comparación pertinente que invita a pensar en las paredes (como estructuras) que definen los espacios donde reproducimos la vida en sociedad. La humanidad ha creado límites y muros simbólicos que constantemente los levantan o derrumban en situaciones de conflicto; estos muros han condicionado a la sociedad con el fin de siempre vincular a lo masculino hacia lo universal, público y productivo, a diferencia de lo femenino,que tan solo se ha desenvuelto en lo privado y reproductivo.

El feminismo -como un pensamiento crítico- ha propuesto distinguir y comprender estas esferas a través de la demostración de la violencia de género que viven las mujeres, al ser desterradas meramente a lo privado, como también a entender y visualizar las interrelaciones que existen entre lo público y privado. Se trata de desenmascarar estas falsas dicotomías evidenciadas en los efectos negativos y la expansión de las brechas de desigualdad aún existentes. ¿Cuántas mujeres aún siguen sin trabajar?, ¿Cuántas de ellas son conscientes de que las tareas del hogar deben ser remuneradas?, ¿Cuándo el Estado las reconocerá y protegerá?

Hace poco recordaba a Cinthia, una mujer de 30 años con 3 hijos, casada, dedicada a las tareas del hogar, mencionaba que nunca había “trabajado en su vida”; Pamela, de 25 años, madre soltera, a cargo de su abuela de 80 años, dejó sus estudios universitarios y trabaja medio tiempo como empleada doméstica, y Paola de 11 años, madre, sin esperanzas, con un solo deseo: “retroceder en el tiempo”.

Llegar a una verdadera equidad se trata de esto, de eliminar estas falsas dicotomías, y empezar a cuestionar la escasa intervención del Estado en la esfera privada. Las mujeres continúan siendo víctimas por la falta de políticas que se enfrenten a esta discriminatoria realidad. El trabajo doméstico no remunerado sí es un problema de Estado, que miles de niñas pierdan su infancia por ejercer trabajo doméstico también es un problema de Estado.

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