La Diosa en la Piedra

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La colina irlandesa era muy alta, y los niños corrían guiados por el viento que pronosticaba la inminente llegada de la estación fría, se habían internado en el bosque para dar vida a su nuevo proyecto: construir un refugio, en donde nadie los encontrara cuando desearan jugar en paz. La idea había sido de Daven,  hijo del artesano del pueblo que junto con sus amigas: Dahlia, Astrid, Erika y Eyra habían encontrado días atrás un gran lugar para armar su propia casa.

Cada uno había traído algo de sus cabañas, rezando a los dioses para que sus padres no se dieran cuenta de tal inocente hurto y se citaron temprano para realizar su cometido. La aldea estaba lo suficientemente lejos de su escondite así que ninguno de ellos temían que sus padres fueran a encontrarlos.

Entre risas y bromas, los pequeños llegaron aliviados al lugar que habían dejado señalado con algunas ramas enterradas en el suelo.

– ¡Si! – gritó Eyra y corrió junto con los demás niños  a preparar su primera comida en el escondite. Luego de unos minutos, todas las frutas y dulces se encontraban listos para ser disfrutados por los infantes que se encontraban llenos de ilusión al ver su pequeño lugar de paz.

De pronto  y  como un juego inocente una pequeña ave llena de tonos rojos y negros apareció frente a los pequeños que la miraron anonadados pues no habían visto un ave tan bella y con esas características para después escuchar los pasos fuertes de un pequeño colectivo acercare rápidamente a su lugar de descanso.

– ¡Por aquí!- les ordenó Astrid quien llevó a sus amigos a esconderse en medio de los arbustos que se encontraban cerca. Y ya estando ahí los cinco niños observaron un acontecimiento que no podían procesar y es que los hombres, liderados por un señor de largas barbas, capturaron a la pequeña ave lanzando una flecha que hirió una de sus alas y la hizo caer sobre las ramas tiradas en el piso del bosque.

– ¿Y ahora qué, señor?- Preguntó el arquero que había derribado a la pequeña ave.

– Que muera, debe ser su castigo por haberme engañado de tal forma.

– Pero señor…

– ¡No me interesa, déjala ahí!

– Perdone mi osadía al contradecir al gran padre universal, Dagda, pero si  dejamos ahí a la diosa, no morirá y armará una guerra para vengar esta afrenta .

Dagda, enfadado utilizó su magia y convirtió a la pequeña ave en solo un símbolo que se encontraba encerrado en una pequeña piedra semitransparente rojiza.

-Listo, ahora, volvamos.

Los pequeños no podían creer en lo que habían visto y se acercaron temerosos a la piedrecilla abandonada , trataron de tomarla pero una ráfaga los arrojó directamente al suelo dejando a todos con excepción de Eyra inconscientes, la niña no sabía que hacer y estuvo un largo rato intentando reanimar a sus amigos que con dificultad entonces lentamente fueron recuperando la razón y cuando Eyra tomó la piedra los amigos se juraron jamás hablar de lo que habían visto con nadie.

Años después, las mujeres se encontraban reunidas al rededor de la princesa Elin , que con rostro cansado esperaba a que las doncellas terminaran de ajustar su nuevo vestido, era hermoso de un color azul con perlas incrustadas en la cinta que rodeaba su cintura y caía con elegancia hacia delante, las mangas del vestido también se dejaban llevar por la gravedad y le daban el aire de superioridad a la belleza de la princesa.

-Princesa Elin- Erika, que para ese entonces había crecido y encontrado junto con sus amigas  trabajo en el palacio, entró en la habitación mientras las demás se alistaban para retirarse- ¿Puedo hablar con usted… exclusivamente?

-Claro, Claro – la princesa esperó a que las doncellas Eyra, Astrid y Dahlia salieran dirigiendo una mirada  extraña Erika y cerró la puerta de sus aposentos delicadamente.

-Tengo noticias de la sala del trono..

-Shhhh -le interrumpió Elin- No vayas a decir nada de eso aquí, las paredes tienen la habilidad de escuchar y hablar, si el Rey se entera que dijiste alguna palabra fuera de la sala del trono.

– Lo sé, lo siento su majestad, a veces se me olvidan las reglas, el rey desea verla.

Y luego de que la princesa desapareció por las puertas del aren, las muchachas entraron preocupadas a preguntarle a Erika que era lo que había pasado.Ellas ganaron belleza con el pasar del tiempo y sus ropas aunque eran las que la servidumbre debía llevar, eran telas finas y poseían piedras preciosas,si, los años habían pasado pero nada rompió la amistad que tenían incluso con Daven quien hace años vivía en una aldea lejana y mandaba siempre que podía notas a sus amigas.

– Al parecer el reino está políticamente acorralado, hace años, un grupo de bandidos liderados por Bjorn el desertor, se instaló no muy lejos de  las barreras y su número ha ido creciendo, planean conquistar las aldeas cercanas, o eso es lo que el rey de la guardia… Gerd, le ah dicho su majestad Aren, por eso el rey mandó a llamar a sus hijos, al parecer la situación está al borde del desastre.

– ¿Y has podido encontrar al príncipe Axe?  Creo que ha ido a la sala de estrategia- intervino Dahlia que desde aquel día que vivieron cuando niños, consiguió un símbolo en uno de sus ojos, que sinceramente era llamativo y valioso, aunque ella aún no lo sabía.

– Si, digo… yo lo he visto caminar a la sala del trono detrás de la princesa- respondió Eyra en lugar de su amiga, la joven quien era la única que podía quedarse con la piedra, la convirtió en un sencillo colgante que ahora adornaba su cuello y que cuidaba con su vida.

-¡Espero que no llegue una guerra!

– No sé por qué te asustas, Astrid, si tu sabes empuñar muy bien una espada.

– Es por que mi corazón se llena de preocupación por ustedes,que nunca se interesaron por el arte de la guerra, hablo exactamente por ti, Eyra,  que después de la perdida de tu prometido, solo pasas encerrada en la biblioteca tratando de encontrar información sobre ese collar – Astrid pudo ver el enfado en los ojos de su amiga así que vio la salida en nombrar a Dahlia- y tu Dahlia… intentando ser druidesa..

– Ya, tranquila – dijo Erika- Estaremos bien. la familia real sabrá como lidiar con el asunto.

– Confiemos en los dioses, ellos nos ampararán, tal vez deberíamos mandarle una carta a Daven, así él estará alerta.

Los días fueron pasando y aunque ningún comunicado real salió de las puertas del palacio, las personas empezaron a entrar en el nerviosismo por los rumores que recorrían sin ningún tipo de tapujos, el ejército ya empezaba a prepararse y la tención en el palacio se sentía en cada rincón, los informantes del rey traía cada vez noticias nada alentadoras. El ejercito de Bjorn parecía haber encontrado grandes armas y guerreros fuertes, hombres y mujeres y por la noche… atacaron.

Ambos ejércitos se enfrentaron en los límites del pueblo mientras los habitantes se refugiaban en sus hogares y mientras las espadas chocaban a las afueras de la ciudad, el cuello de Eyra ardía con el colgante que se había convertido en fuego de un momento al otro, despertando a la muchacha con un grito ahogado, ella arrancó el collar y lo tiró al piso llamando la atención de las demás habitaciones del palacio, pues su grito despertó a sus amigas y a los guardias.

– ¿Qué es lo que está pasando? – Dahlia fue la primera en pasar por las puertas de la habitación- ¿Te encuentras bien?

-El collar ¡Está ardiendo!

Cuando Astrid entró en los aposentos de Eyra y se quedó en seco, cerro los ojos y empezó a proferir palabras proféticas, dejando a sus amigas estupefactas al escuchar:

– Morrigan diosa de la guerra y la transformación, hoy serás libre y ayudarás a tus hijos… ven, ven ahora, que el dios Dagda ya no te busca…-y entonces cayó  sobre el piso.

-¡Astrid! – en seguida las muchachas corrieron hacia su amiga con excepción de Dahlia, quien se acercó a la piedra ardiente como si ella la llamara.

– Eyra, tienes que romper la piedra ¡Ahora!

-¿Qué? -cuestinó  retirando sus cabellos de su rostro.

-¡Ahora! ¡Hazlo, ahora!- gritaron las mujeres al unísono.

Entonces Eyra tomó el collar en fuego y lo arrojó hacia la pared más cercana, rompiéndose y arrojando a la realidad una bruma tan especialmente negra que asustó a las jóvenes doncellas pero su temor se convirtió en asombro cuando del humo salía caminando una mujer de rasgos finos , con ropajes negros y gran belleza, su cabello azabache negro y su corona de plumas resaltaba el color blanco de su piel, imponente, como una diosa.

-Ustedes me han liberado.

-¿Quién es usted?- espetó Erika quien se encontraba detrás de las chicas junto con Astrid que ya había recuperado la conciencia.

La mujer esbozó una sonrisa antes de hablar.

– Creo que ya lo saben… señoritas, gracias por cuidar de mi cuando mis fuerzas fueron robadas por Dagda, resulto ser un dios muy celoso – de pronto de la ventana un ave de la noche entró y se posó  en la mano de la diosa- ¡Guerra! ¡Por fin! Eso me dio energías y pude liberarme.

Y después de un hondo suspiro de la diosa, la ciudad empezó  a gritar, se escuchaban espadas que chocaban acompañadas de gritos y golpes en seco, el palacio empezó a moverse, la puerta de la habitación se abrió revelando a unos soldados con improvisadas  armaduras, eran evidentemente guerreros del ejército insurgente.

Con un solo movimiento de muñeca, Morrigan mandó por los aires a los dos guerreros que se veían decididos a atacarla.

– Es Dagda, debo irme -miró a las muchachas- Que los dioses las protejan.

-¡No! Mi señora, no se vaya, ayúdenos a reparar lo que el dios nos ha mandado.

-Mi agradecimiento está con ustedes, más no con los demás aldeanos.

– Señora… poderosa Morrigan, por favor, si desea saldar su cuenta con nosotras, por favor, aleje el desastre que Dagda trajo.

-Imposible, yo vivo de la guerra, mi trabajo es crearla, no terminarla.

– Es su obligación  pagar sus deudas.

– Esto fue creado  por Dagda, no dehe que se salga con la suya, por favor. Pare esto.

La diosa de la guerra se quedó en seco, mirando enfadada a sus acompañantes, pero sabia que su deuda sería pagada si  cumplía el deseo de sus protectoras y como diosa celta, debía arraigarse a las reglas.

-Está bien, saldré a arreglar todo este desastre.

A Morrigan solo le tomó un segundo salir a la ciudad y deshacer todo lo que Dagda había hecho, y en cuanto este se dio cuenta, apareció en frente  de la diosa.

-Aqui no Dagda, nuestros problemas se resolverán en el reino  de los dioses, deja a los mortales y sus asuntos.

Entonces, ambos desaparecieron dejando su historia para las leyendas mientras que las muchachas, se reunieron y aliviadas le contaron todo lo que sucedió a su amigo, recordaron aquel bosque y lo que les había regalado y mientras siguieron con su vida mejorándola cada vez más. Nunca  olvidaron lo que los dioses les habían regalado, un encuentro tan divino como mirar a los ojos a la madre de la guerra y comprobar que los dioses son reales.

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