NIEBLA

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Quise mucho. Quise saber. Quise mucho y quise saber si él también. La última vez que le vi, se lo pregunté. Traía consigo una niebla espesa, tibia, envolvente, que lo siguió hasta colarse por la puerta antes de que alcanzara a cerrarla. Un silencio asfixiante se sentó entre su asiento y el mío. Afuera llovía. Empezaron a empañarse los cristales, a nublarnos nosotros. A él parecía no importarle. Le pedí que bajara un poco el vidrio y entonces pregunté qué era eso que amenazaba con ahogarnos. Palideció. No encontraba qué hacer con las manos, qué decir con la lengua. Dónde poner los labios, los ojos. Minutos más tarde lo sabría: terminar con todo esto, deshacerse de mí y escurrirse por donde no pudiera seguirlo. Lanzarme por la ventana como a una botella vacía y alejarse sin regresar a ver nunca más. Pisar a fondo el acelerador, y frenar así, en seco, el viaje de tantos días. Darse a la fuga. Esfumase: hacerse, literalmente, humo. Dejarme esperando la respuesta en la puerta de una casa que ya no era mía, temblando en medio de la despedida violenta, el sacudón del motor, las llantas chirriando contra el pavimento. Volando liviana en la carretera, en el viento helado, el aire impávido, el ruido de la noche: me elevé. Fue la única vez que volamos. Volé yo. Juntos, nunca.

Me alejé. Permanecí tan lejos como él parecía haber querido. Alguna vez parecía haber querido estar cerca. Alguna vez parecía haber querido. Necesitaba deshacerme de ese hábito peligroso de meter los dedos en la leña caliente. De su gesto inútil: prender fuego y correr. Encender la fogata para nunca sentarse a su lado. Nunca entendí como quería que me quedara, cuando él ya se había ido. Como me pedía que volviera, cuando yo nunca me fui. Me diluyo a ratos, pero no huyo nunca. Mis huidas son inofensivas. Cuando se despejó la niebla que me envolvía por dentro, él ya se había ido.

Desaparece. Desaparezco. Me olvidaré del olor de su presencia fantasma, intermitente, que oscila como el llaverito colgado en mi pared. Así era él, inconstante hasta para irse. Se entretenía jugando a desunir lo que yo había unido, el rompecabezas que he partido sobre la mesa tantas veces. Pero solo yo sé dónde va cada pedazo: lo que yo he unido, no lo separa nadie. No pudo armarlo, amarlo tampoco, nunca podrá. Lo único que pudo armar es más desorden que antes.

La ilusión. La niebla era la ilusión. Óptica y de corazón. Cardíaca. Debo ser sincera, y demasiado ingenua, eso seguro: nunca supe descifrar qué insinuaba en medio del beso. No le culpo: creo que él tampoco sabía.

Pero hoy no. Hoy podría ser diferente. Yo podría ser diferente. Podría ser yo quien abandona, quien huye. Sin dar explicaciones. Sin previo aviso. Sin compasión. Por qué no.

Llegar puntual al encuentro —a esa boca— donde las palabras siempre llegan tarde. O no llegan nunca. Donde todo está por decirse, coagulando como lluvia sobre la mesa, pero no se dice. Como agua que nunca explota sobre la tierra. Que moja sin caer. Y nosotros sin paraguas. Acudir a la cita tercamente, como quien sale todas las mañanas a congelarse inútilmente las mejillas, las orejas, para revisar el buzón de la correspondencia nunca enviada. El buzón de las cartas que aparentan empezar, revelan la primera línea simulando valentía, y luego echan a correr cobardemente, como si yo fuera a perseguirlas con un hacha. Paranoia: yo sé bien que a las palabras no se las puede sacar de donde no están.

Mirarlo espantosamente ilusionada. Escuchar su versión incompleta. Sus frases que no cuadran. Sus cuentos a medias. Sus expectativas imposibles. Sus intenciones subliminales. Empezar a ahogarme en el perfume de su inconstancia inconsistencia indecisión. Toser. Sentir que me falta el aire. Que estoy ahí por error. Que me he equivocado de asiento. Empezar a extrañar, desesperada e irremediablemente, la soledad. Tomar fuerza en medio de la náusea, amarme lo suficiente, como nunca, como nadie, y levantarme de la mesa que serví con tanto esmero, como si me gustara cocinar, como si algún día me hubiera gustado. Retirarme abandonarlo salir sin dar explicaciones. Dejarlo con la mentira y el asombro en la boca. El desamparo en las manos. Marcharme sin piedad, sin volver la vista: yo ya había escrito mi mitad en esa historia. Dejarlo, a él y a mí, sin esperanzas. Deambular con los ojos nublados de pasado. Sentarme un par de mesas, un par de calles, un par de horas más allá. Quedarme a solas, como antes. Llorar sin remedio, con la duda preguntándome si habré hecho lo correcto. Si no habré sido demasiado cruel, demasiado descortés. Decidir que no: no podía permanecer ahí donde la bruma era insoportable, peligrosa: era cuestión de supervivencia, defensa propia, amor propio que le dicen. Limpiarme las lágrimas, la niebla de tantos días y ver cómo la tarde, aunque tarde, se despeja. Recoger mis pertenencias y volver a donde pertenezco: trepar de vuelta a la montaña, como un animalito arisco, silvestre, al páramo que no me desconoce. Nunca le tuve miedo a las alturas y mi abismo favorito se llama soledad.

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