Palabras eternas

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En la habitación hacía un inmenso calor incontrolable, nada cómodo para el hombre enfermo que con dificultad se sentó sobre la cama, tomando una hoja de papel y algo para poder escribir.

Andrew, ya había pasado meses en una agonía terrible, pidiéndole a su cuerpo que le regalara un poco más de tiempo con su esposa y su hijo. Nadie sabía que enfermedad tenía, antes él era un hombre sano y trabajador, nunca se enfermó de algo grave y ahora estaba a punto de caer en la incertidumbre de la muerte.

Con dificultad, el hombre cansado empezó a redactar lo que serían las últimas palabras que su esposa leería.

Esposa mía:

No sé cuando encontrarás esta amarillenta hoja de papel, pero anhelo que lo hagas cuando yo me haya ido, no deseo que en tu desesperación la encuentres y te inunde una amarga tristeza al darte cuenta que me he rendido ante esta enfermedad inexplicable.

Cariño mío, debo plasmar mis letras aquí antes que mis fuerzas decidan darme un descanso; ahora estás afuera con Emma, nuestra hija recogiendo algunos frutos, recalco esto para que tengas una idea de cuando escribí esto, y es que tenía el deseo inexplicable de despedirme y dejar esta carta que podrás atesorar tal vez con tristeza pero de alguna manera dejaré aquí mi alma y ella te acompañará cada vez que la veas.

Dulce Jane, estos últimos años contigo han sido los más hermosos de toda mi vida, ni cuando serví al rey me sentí tan acaudalado, tan rico y aunque vivimos en el bosque, con apenas dinero para comprar lo necesario, mi alma se encuentra llena y así se retirará de este mundo, sabiendo que valió la pena dejar toda esa nobleza por unirme contigo. El día en que nació Aiden hace siete años, el sol brillaba tan fuerte que la luz se extendió hasta pasadas sus horas, nuestro hijo con esos cabellos rojizos y ojos verdes, era el bebé más hermoso que jamás haya visto, nació en una casa en la que reina el amor verdadero, es muy afortunado ¿Recuerdas? Dijiste que el color de su cabello, ese rojo amor, pasión, reflejaba la unión que el lazo del destino hizo en nosotros, esa vez me reí, pero hoy, te aseguro que esa loca aseveración que salió de tus labios es totalmente real.

Ahora, escribiré algo que probablemente no creas y que también es motivo de esta carta que encontrarás en mis ropas cuando haya muerto, estoy seguro que pensarás que la fiebre ha terminado por hacerme delirar y que todo lo que confesaré es solo una historia de un pobre moribundo que espera con ansiedad una luz de esperanza para poder ver a su amada después de la muerte.

El día en que Aiden nació, busqué a la partera, la que te atendió y la llevé a casa, lo que nunca te dije, fue que ella no quería acceder a ayudarte sin que su abuela viniese con nosotros -si, una petición bastante extraña- pero mientras esperaba el nacimiento de nuestra niña, la mujer que tenía un aspecto bastante diferente a las demás ancianas, llevaba amuletos y joyas extrañas, me hablaba sobre algo que veía brillar en mis manos. La anciana no paraba de repetir que mi mano brillaba y que esa brillantez se extendía hasta la habitación, ella estaba segura que terminaba en tu mano y que aquel cordón de un color inestable, nos uniría por toda la eternidad y que nos encontraríamos en cada una de las vidas que se venían por delante, que tal vez en una sería más duradera que en la otra pero que lo haríamos, siempre, yo no le respondía, estaba muy nervioso y solo pensaba que eran inventos de gitana, minutos después nació Aiden y me sentí aliviado y feliz, entonces opté por olvidar lo que dijo la abuela de la partera.

Pero hace unos meses, encontré una botellita que la misma bruja me dejó una vez que se fue, dijo que cuando quiera ver lo invisible aquello que solo los animales pueden percibir, me echara unas gotas en los ojos y vería, así lo hice y vi el cordón brillante… de colores cambiantes del cual resaltó el rojo y el dorado, me quedé sin aire y mientras trataba de tocar dicho elemento invisible este desapareció ante mis ojos, días después enfermé y asumí que lo que había visto no era más que una alucinación por la enfermedad.

Ahora, a momentos de mi muerte, siento que ese lazo empieza a dividirse, no para separarnos sino para darnos la nueva oportunidad que nos merecemos, tuvimos poco tiempo, diez años juntos, pero la enfermedad vence… ella… es la dueña ahora de mi destino, pero te prometo, que aún en mi muerte, en mi castigo o en mi regalo, estaré contigo y te amaré, incluso si no existe nada después de que cierre los ojos, el aire que respiré te seguirá a todos lados regalándote los besos que ya no podré darte y el sol, eterno testigo de amores infinitos, te dará la fuerza para seguir. No lo olvides Jane, estamos unidos, hasta la eternidad…

Hoy solo me queda creer en lo imposible, dejar mis esperanzas en lo que no se puede ver y eso de alguna manera, me regala paz y arranca de mí el miedo a la muerte.

Por último, te pediré algo que harías aunque no lo hubiese mencionado: cuida de nuestro pequeño, él seguirá nuestros pasos, deseo que encuentre a su mágico cordón y sea tan feliz como nosotros lo fuimos.

Te encontraré mi hermosa y tierna Jane, ni la enfermedad, ni la muerte nos va a separar, te prometo, por mi vida, por mi alma, por mi esencia que siempre te encontraré.

Nunca olvides que te amo, con cada respiro que doy, te he amado desde el primer respiro sin darme cuenta y ahora te amaré hasta el último. Te prometo amor eterno, es mi juramento de sangre.

Att:
Andrew.

Tiempo después del fallecimiento del autor de la carta, su mujer la encontró, la leyó y lloró sobre ella amargamente sintiendo un impulso fuerte que ni ella podía explicar: Tomó un alfiler que colgaba de sus ropas y con la punta fina, infligió un pequeño corte en el menor de sus dedos, del cual, inmediatamente emanó sangre carmesí que cayó pesada sobre el papel arrugado y manchado, sellando así, el pacto de sangre que les permitiría encontrarse en las siguientes vidas.

Pero existe una condición: en todas se encontrarán, sí, pero no en cada una de ellas serán felices, ambos sufrirán amargamente por no poder tenerse y se aferrarán a la esperanza de que la siguiente, les regale el tiempo y la facilidad suficiente para alcanzar la dicha.

Ellos firmaron un pacto de dolor y amor.

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