El primero de mayo de 1866 constituye un hito fundamental en las históricas jornadas de lucha de los trabajadores en contra de las pésimas condiciones de vida y trabajo que sufrían a mediados del siglo XIX y por una reivindicación específica como fue la reducción de la jornada laboral a 8 horas, ya que normalmente eran de 16 a 20 diarias y con la sobreexplotación de mano de obra femenina y de niños y niñas.

La historia nos enseña que luego de los obscuros acontecimientos de la Plaza Haymarket que provocó la muerte de obreros y policías, los empresarios se ensañaron con los líderes sociales a quienes detuvieron y en un amañado proceso judicial les condenaron a la ahorca, aunque nunca se probó los cargos de los que se les acusaba. Gregorio Selser, escritor argentino afirmaba que los mártires de Chicago no fueron condenados por los supuestos crímenes, “sino que castigaron sus ideales, sus principios, su ideología”.

Pero esa sangre había caído en terreno fértil y el ejemplo de lucha y constancia, así como la reivindicación principal de la jornada laboral de 8 horas diarias, se extendió por todos los países del mundo. En el caso de nuestro país, la clase obrera empezó sus procesos de organización a partir de la década de 1910 y organizaciones pioneras como la Sociedad “Hijos del Trabajo” o la “Sociedad de Carpinteros” impulsaron las primeras movilizaciones y paros exigiendo las 8 horas de trabajo y la adhesión de la clase obrera ecuatoriana a la celebración del 1 de mayo a nivel internacional.  Esta presión social, permitió que un 27 de abril de 1915 el Presidente Leonidas Plaza Gutiérrez emita un decreto reconociendo al 1 de mayo como fiesta obligatoria.

Este año, esta conmemoración se reviste de singular importancia ya que asistimos al más importante desastre sanitario de la historia de la humanidad: el COVID 19 que ha puesto al descubierto los pésimos sistemas de salud de la mayoría de países del orbe, la incapacidad de los gobiernos para el manejo de la crisis y el rostro más inhumano del capitalismo como es el trato infame a las víctimas de esta pandemia y sus familiares.

Además, esta pandemia ha agudizado la crisis socio económica de nuestros países y la respuesta de parte del estado y de los grupos económicos dominantes, es la de siempre: recargar todo el peso de la crisis sobre los hombros del pueblo trabajador, al exigir el ilegal descuento de los salarios, al despedir con el consentimiento del Ministerio de Trabajo a más de 20.000 trabajadores, a insistir en el retiro de los subsidios hacia los combustibles, a mermar los presupuestos de áreas tan sensibles como la atención a grupos vulnerables y a ver la posibilidad de echar mano del IESS, ISSFA e ISSPOL para convertirlos de una vez por todas en caja chica del régimen y caotizar más la ineficiente seguridad social.

Por eso  hoy más que nunca resuenan vigorosas y vigentes las palabras del dirigente obrero Albert Parsons, momentos antes de que se suelte la trampa del patíbulo y cuelgue su cuerpo en el vacío, quien exigía que “se escuche la voz del pueblo” pues mientras subsistan las condiciones de explotación de unos seres humanos hacia otros, el primero de mayo será la expresión anual de estas demandas.

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