SEPTIEMBRE

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Stanislao nació en Loja, Ecuador. Estudió en una escuela fiscal donde fue feliz, después, en una de monjas donde fue infeliz… regresó a la escuela fiscal, pero ya no pudo ser feliz. En los primeros años de su colegio aprendió de poesía y poetas, sus últimos tres años de colegio fueron en una academia militar, en la cual aprendió de suicidios, novelas, poetas malditos y golpes. Actualmente cursa sus estudios en Lengua y Literatura en la UTPL. Fuera de la literatura, su más grande certeza, ha comenzado sus estudios en el campo del diseño gráfico, a la par que lleva a cabo otros emprendimientos como: “La villa de la uvilla” y “La Guachería”, especializada en guacherías-.

El aire huele a pino. Christmas enciende su cigarro. Chupa un poco del aire frío que entra por el agujero que asemeja la ventana. Espera que el pitillo esté a la mitad para levantar su anciano cuerpo cansado de filtrarse detrás de Brown todo este tiempo y no poder mostrarle cara por denunciarlo; no había sido él únicamente, también fue el alcohólico estúpido que hablaba demás, siempre acostado en la cama que ahora observa vacía y sin mantas. Su lento caminar lo lleva a la puerta en la cual sus ojos perdidos llegan a negar con tranquilo pesar la casa incendiada. No está la habitación de la mujer que iba a visitar todas las noches, tampoco hay rastros de la cocina o el fogón donde esperaba siempre su comida fría. Uno pensaría que podría esperar más… ¡Puta madre, hijo de las tres mil zorras de Babilonia! Regresa a la cama, debajo de la almohada está su barbera, el jabón negro que no recordaba dónde lo había conseguido y una escobilla estropeada que antes servía, pero terminó el libro. Con el espejo roto sobre la cama de su antiguo amigo busca la marca de las balas que habrían podido matarlo, pero no lo hicieron; ¿por qué carajo sentí dolor? Al pasar de los días, observa cómo lo miran menos; prefieren pasar por la calle de la casa del viejo pastor antes que caminar a su lado. Debería haber llegado ya antes del amanecer; el whiskey no iría a ninguna parte… a menos que lo encontrase el viejo comisario; él sabía que Brown conocía el sitio donde estaba el resto de su muerte lenta, y él lo esperaría allí hasta que regrese y puedan conversar sobre su problema de no cerrar la boca cuando debe. Traga un poco del whiskey, bastante bueno a pesar de toda la sangre derramada. La desesperación converge en un plano abstracto de Brown viéndose atrapado entre su cuchillo y una furia contenida. La recreación de la escena le invita a personalizar la sangre salpicada y otros detalles que no ha pensado hasta ese momento. Observa un alambre de púas que oxidado detiene el tiempo y lo amarra al cuello de Brown. Destella el sol en la mañana y el árbol lejano absorbe sus primeras gotas derramándose sobre el mundo, y empeñado en secarlo todo, arranca con los primeros fulgores tenues y albores  que apagan el cielo nocturno.

Quiere comer algo. Va al mismo lugar donde encontró a la mujer… no encuentra a la regordeta rubia, ni al hombre que le enseñó a fumar sin decirle una palabra más que esa de: los malditos cinco centavos. El pensar en la historia desembocaría otra partitura. Ahora está otra rubia, maciza y pequeña en comparación con la anterior, con un juego de balas debajo del libro encartonado que nunca deja de leer, a menos que se le hiciera una pregunta directa y sin ninguna intención ni razón de ser respondida. El revólver sobresale por la falda mal subida que muestra sus piernas llenas de arañas, incluida una que otra marca de la cacha metálica «LeMat 1856» grabada a fuego por llevarla siempre a presión en el muslo con un cintillo rojo… antes de sentarse por décadas en la misma silla observando a los mismos sujetos con las mismas inmundas ropas y el aliento a putrefacción, leyendo el mismo libro una y otra vez, con el cintillo ya rosado que le sirve de separador. Retira la mirada cinco segundos de la camarera para observar a su alrededor: unas hojas de coca sobre la mesa del lado izquierdo, las apuestas aumentando en la mesa del lado derecho; un sujeto bebe de la botella sin etiqueta que no es de aquí, pero el envase parece familiar… hasta que observa en la base su memoria blanqueando con su navaja la marca CB en la botella que no deja de ver porque no quiere olvidar su forma… entonces el dueño la vuelve a posar sobre la mesa y mira la marca en su labio. Levanta la pequeña navaja dispuesto a retroceder a lo que años atrás habría sido una de las mejores ideas que se le hubiese ocurrido. Traga la saliva con pedazos de arroz y tabaco, pero Brown ya lo está esperando, mirando tranquilamente con el agujero del revolver, mientras llega el reventar, y lo hace tres veces; porque ahora que no debe doler, el suelo se estremece al recibir semejante peso. Tres veces más, una de las maderas bajo la mesa de los apostadores se alza de golpe, mientras recogen los que han perdido el jornal las monedas del suelo; el ganador enfurecido revienta la botella de ron agarrando con la mano ensangrentada el pedazo de vidrio café. Lanzarlo directo al ojo de Brown no es la idea, pero no falló; chillando cayó al suelo junto al moribundo, sosteniendo el vidrio incrustado en su ojo… Nadie espera la llegada del comisario en este preciso momento. Brown está feliz, al menos no volverá a escapar.

Septiembre. Por Mariana Moreno, 2021.

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Lena está sentada comiendo un plátano. El amarillar mosqueado esconde el blanco y puro interior. Un mono aullador cae cerca. Ella, asustada, come un poco casi sin respirar, no tiene ganas de tocarlo así que le lanza un pedazo; el mono resucita al ruido de un motor acercándose rápidamente y escapa al árbol que Lena nunca había visto. Lo olvida cuando un auto blanco con la cruz roja se detiene frente a la puerta por la que entra Byron buscando algo de comer. Sinceramente fue la primera vez en meses que observaba el árbol y no supo qué hacer al ver salir a Byron de la mano del comisario mientras la placa parecía mirarle solamente a ella y acercarse lentamente arrastrando un bulto de sangre reventado a la altura del ojo. No espera a que se acerque, ella va hacia él. Se detiene cuando el comisario lo suelta y como tal cae al suelo sobre el guano, rozando de suerte el golpe por el filo del tronco que sujeta a un caballo anciano. Pregunta por él, los ojos claros la miran detenidamente: –dice que es su esposo-, Lena levanta su cabello de seda. No, pero me tocará aguantar, ¿a qué se debe? Acaba de disparar a un hombre, lo llevan a la ciudad, ha tenido mucha suerte, la mayoría no han llegado donde debían… ¿Llevan…?, ¿a dónde? Lena vio a Byron con furia contenida sin hacerse notar por Wallace. La placa le dañaba los ojos al brillar como sol de medio día: ¿cuántos?, sin preguntar se contestó y le contesto: seis, los seis del tambor. ¿Vive?, sin preguntar respondió: todavía, pero más es por terco o por no querer responder al diablo. No podría hacer nada después de esto, no quería meterse en más problemas por él, tenía que cuidarse por el niño y desde Jackson y el negro apaleado, y ahora que pasa recorriendo una carretera que no la mantendría viva por mucho tiempo. Caminó sin ver a Wallace: ¿Cuánto va a ser? Si vive, será por defensa propia, escupió al suelo, si tiene como probarlo. Lena continúa tranquilamente su viaje. Mira al suelo. Agarra al sujeto y un golpe tras otro llegan sin importar el vidrio ni el ojo, arranca un pedazo de papel que el comisario piensa un pagaré: sobrevivirá con eso, sigue su camino calmando la rabia, arreglándose la falda descolorida y su cabello no deja de mira atrás.

Llega al hostal donde se quedaría los próximos días, mira un poco al bebé en los brazos de la tranquila señora que lo acurruca como suyo: No molestó nada. Los brazos de la madre despiertan al niño con una sonrisa, entrega dos monedas: Gracias por todo, gracias Dios, pero ya no. Camina a la habitación, toma un poco de aire, se lo traga como maná infinito de recuerdos que rebasan los límites de la memoria y se inyectan de heroína mientras trata de tomar conciencia de cada segundo vivido. Debajo de la madera que sujeta la cama está el dinero ahorrado, las canecas están entre dos árboles. Allí encontraré algo. Sujeta al niño con fuerza y lo besa con ternura, toma la destruida maleta de cuero y camina sin detener el paso blando de ángel resentido; una voz tranquilizadora está esperando en la puerta; la cornisa está vacía; los hombres estarán en la centrifugadora y las mujeres esperando que calle la maldita máquina. Tropieza con un cerdo en la entrada cuando de pronto nota que el mono está cerca. No le importa, solo sigue adelante. El comisario está sentado con las botas sobre el escritorio, junto a un montón de papeles manchados de letras ilegibles a punto de salir volando por el viento, que entra por todas las ventanas abiertas. Mientras se levanta, cree ver la pequeña niña con el chiquillo en brazos preguntando por su padre borracho que pasa la resaca durmiendo en el duro catre de la celda, encerrado por haber golpeado a su esposa la noche anterior, pero ahora la niña pequeña parada frente al comisario -que tiene más sueños y menos años- está intercediendo por el encerrado. Y la mujer, que lo había enviado a prisión para que se pudra, ahora lo estaba llamando a almorzar. Lena toma asiento sin que se lo pidan, el comisario, parado junto al escritorio, mueve su pesado esqueleto para cerrar una de las ventanas. Lena pregunta por el abaleado… En Memphis hay un francés que revive a los muertos, contesta el comisario al tiempo que traga saliva para no escupirla: con lo poco maltratada que está la carretera… tendrá que hacer de Lázaro. Ella se levanta, se despide con ademán notorio y sigue su camino de frente como antes. Parecería que el mono la persigue, mas no hay tiempo para mirar alrededor, otro largo camino… debe buscar una carreta.

Al llegar al camino lleno de polvo, huellas de carretas, marcas de mulas y unas extrañas líneas paralelas que forman serpientes zigzagueantes a lo largo de su contorno, el viejo Amstrid -que aparece incinerado por el sol descendiente- observa una nube en el cielo que apenas da sombra. Todavía recuerda a la mujer que hace años o siglos subió a su carreta, con un ombligo puntiagudo y una panza que iba a dar a luz seguramente a una niña. Lena se apeó a la carreta sin que él le ayudase; al continuar las mulas su caminar de rutina, estaba ya perdida en la geografía como si nunca hubiese conocido el paraje. De nuevo comienza a ver los postes de telégrafo, las montañas que nunca alcanzaría, la hectárea de maíz que Varner vendió a los Snopes, los montones de ruedas en la quebrada, desconocidos por la noche: ¿qué tan lejos estaré de casa?. La carreta continúa, el camino y Lena se reconocen por primera vez desde que partió de Tennessee. El niño en sus brazos duerme mecido en el movimiento eterno de la carreta. Conoce al sujeto solo de cara, pero recuerda su nombre de la fotografía en los periódicos. Amstrid saca algo de la parte de atrás de la carreta, se lo pasa a Lena que lo desenvuelve y come masticando pedazos diminutos de la carne cruda mientras termina de caer el sol. Los tibios rayos que se niegan a morir envuelven los árboles por última vez, los grillos comienzan a cantar. El tiempo pasó rápido cuando al cerrar y abrir los ojos, Lena se vio bajando de la carreta al borde de la ciudad, malabareando su maleta y con el niño abrazado. Se siente cansada al llegar al hospital… más grande de lo que imaginaba. Observa a un hombre parado en la cornisa sujetando su gorro con el rostro lleno de miedo. ¿Llevaba…qué? suelta la pregunta en un suspiro abrazando las ganas de llorar hasta el fin, sin tregua, sin deseos de navegar, pero este pequeño bulto en los brazos obliga a la vida a dar un paso más, obliga a la existencia a resolver todo en un suspiro de lágrimas y amor, crear un detalle de luz en sombras negras que aparezca de vez en siempre, para siempre, y haga de un camino lejano algo más transitable, que haga de la estrella más perdida, esa a donde se quiere llegar, creo que así funciona el amor de las madres. Un papel, lleva un papel, responde el hombre mientras limpia las manchas de sangre que Christmas, al bajar de la ambulancia y cruzar rápidamente por la puerta de entrada, había salpicado en todo su uniforme: Había algo en el papel, murmuró el guardia, pero no lo suelta, nunca lo suelta, el rigor mortis… Lena lanza la última pregunta antes de desvanecerse en la entrada del hospital: ¿Dónde podría estar?, se desvanece en un espejo de agua salada que deslíe la geometría muerta del hospital y crea otros colores que desaparecen al pasar su mano. Atraviesa otra puerta magullada por los golpes de las camillas a paso raudo, la enfermera le pregunta si tiene algún familiar. Sigue caminando, intuyendo dónde estaría acostado, en qué posición, el color de cabello de la enfermera que lo está cuidando, si permanecerían las balas. No hay nadie, era la intuición más rápida, pero la idea cambia al meterse en la cabeza unos cabellos como semilla de cacao que había allá donde trabajó cuando niña. Junta los pies antes de entrar, lo ve. Su cuerpo voltea a verla y calla todo a su marcha. Abre los ojos un poco el de la cama para quitarse el miedo. Lena comienza a ver al hombre con bata parado a su lado, el de la cama era él. Christmas está dormido. El aire olía a navidad.

Christmas tree. Por Mariana Moreno, 2021

Edición: Mariana Moreno

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La Tecla Crítica
Mariana Moreno (Quito, 1994), lectora empedernida y personaje de sus propios cuentos; obsesionada desde siempre con el lenguaje, la filosofía, la literatura, el cuerpo y otros vicios implacables de esta vida. Licenciada en Artes Liberales y Magister en Estudios de la Cultura. Actualmente edita en “El Espectador Chimborazo” como su propio proyecto editorial, "La Tecla Crítica", al tiempo que colabora como escritora para revistas digitales y festivales de cine independiente.

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