Soplo

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Con el dedo más pequeño junta los granitos de azúcar y se los lleva a los labios. Saben a dulce y a sucio, a mantel meloso que no se limpia en muchos días, a golosina pasada, a ternura e inmundicia: saben a esta infancia. Mira el reloj congelado y mudo sobre la pared, hace mucho que dejó de marcar las horas que ella nunca aprendió a contar. Acá el tiempo se mide de otra forma. Pasa sobre ella de otra forma. Con las nubes que corren y las franjas que el sol va iluminando cuando entra por la ventana, con los olores de la cocina, con el barullo de los animales. Mira las flores pudriéndose en el agua verdosa del florero improvisado, la olla sonando rítmicamente bajo la gotera. Ya es hora: es su hora. Levanta el mantel y lo sacude despacio, y mira, sí, alcanza a mirar, las miguitas de pan y café instantáneo volando en el aire, flotando en bucle antes de caer. Pasa sus manitos por la mesa desnuda y asienta a hurtadillas el cuaderno maltrecho, el libro que se deshoja como extrañando el otoño. Pero no es otoño. Acá el otoño no existe. Las estaciones no llegan. Las noticias, tampoco.

La luz es pálida. El único foco que cuelga del techo titila y no promete mucho. Por eso es que acá anochece más temprano. La oscuridad llama al sueño. Pero el sueño no la llama a ella. A ella la llaman los sueños. Las ensoñaciones. Después del café con pan, cuando afuera es de noche y todos duermen, y la casa se acuesta en una quietud espantosa, ella sueña. Después de lavar los platos y dar de comer a los perros, cuando por fin se queda sola en ese cuarto siempre atestado. Puede jugar a ser lo que quisiera. Puede ser, seguir siendo niña. Saca del fondo del cajón el delantal de la escuela, apenas usado: muy pequeño para su ñaña, muy grande para ella. Busca el lapicito enano, el borrador, los colores. En la semi penumbra de la cocina-sala-comedor intenta olvidar su miedo a la oscuridad, ignorar las sombras, los truenos tras la ventana.  

Todo es casi un ritual. Se viste ceremoniosamente. Tantea en el aparador y alcanza una vela. Fósforos, ya casi no hay fósforos. Una chispa le ilumina un dedo y se acuerda de esos días en que tenía miedo de prender la estufa para cocinar. Pero tenía que: ya era grandecita. Mujercita. La cera empieza a chorrear sobre la madera apolillada. Abre el libro y lo hojea, con un amor desbocado, casi con desesperación, conteniendo las hojas que quieren salir volando. Empieza a leer. Lentamente, con dificultad, nunca aprendió a hacerlo bien. Nunca aprendió. Lee en el idioma de la imaginación. Adivina. Intuye. Quiere imaginarse como niña que lee, como niña que sabe leer. Que sabe los secretos y los nombres de las letras. Cuando sea grande, quiere saber. Juega a ser niña que lee, niña que escribe. Niña que sale de su casa en la noche, como pájaro que escapa de su jaula, se eleva entre los techos y las copas de los árboles para vivir otras vidas. Ver el mundo desde arriba. Ser pájaro, ser aire. Quiere escribir, necesita escribir. Con urgencia. Da la vuelta a la hoja y sigue. Garabatea letras. Copia trazos, imagina sonidos. Tartamudea por escrito. Hace tantos días que no va a la escuela. Son tantos los días que no existen. Mañana no será igual que ayer, se promete. Sopla la vela. Pide un deseo. Mañana no será igual que ayer. Y se duerme soñando que se le cumple.

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