Tiempo de devastación

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Escribo en el instante de la devastación. Cuando mi patria es un despojo en todos sus registros, colores, niveles, sectores, clases, en lo político, en lo educativo, en lo cultural, en lo social y en lo económico. Cuando se está produciendo la diáspora más grande en la historia de América. Escribo cuando nos estamos autodestruyendo”.
Venezuela en el espejo: apuntes desde el exilio de Jonatan Alzuru Aponte

Escribir es una tarea de compromiso intelectual y afectivo; en principio (más allá de cierta “candidez” académico-pedagógica bienintencionada y necesaria), la escritura es un compromiso individual que consecuentemente tendrá algún tipo de referencialidad otra: la escritura es un auto reflejo (auto referencia extendida). Escribir desde el exilio lo es más.

La escritura en el exilio está marcada por otros fuegos, por un revoltijo de emociones encontradas que – ¡cómo no ser así!- sobre determinan lo escrito. Por más elusivo que se desee ser al momento de decir en el papel o en el monitor, allí están las marcas de un despojo que tarde o temprano, para quien escribe, reclamará su espacio, su necesaria exterioridad.

La escritura de la diáspora está guiada por otros imperativos: soledades, insatisfacciones, pequeñas derrotas, pequeñas victorias, sinsabores, arraigos, frío, desarraigos, recuerdos. Es un tipo de escritura con un dejo de resentimiento y otro tanto de nostalgias. Como quiera que se vea, toda escritura es también un acto de infidencia.

El texto de Jonatan Alzuru Aponte, publicado recientemente por El Nacional , es una buena excusa para señalar otras tropelías más silenciosas pero igualmente destructivas y que dan cuenta de un país roto hace ya muchos años. Por obvio que parezca, y en esto habrá que ser enfático (el texto de Alzuru se hace cargo de señalarlo), el desastre económico, político y social que hoy vive Venezuela es el resultado de operaciones y situaciones histórico-políticas que terminaron abonando el camino de la abominación (valga la justa cacofonía). Abonar la abominación, más allá de ser una cacofonía elocuente, implica poner en relieve una historia política, social y económica que sentó las bases para lo que hoy, a todas luces, es el desastre político y social más importante de nuestra historia. El pasado habla en el presente de forma funesta, como vestigio malhadado, como proyección de un tiempo que no fue bueno, pero que se niega a morir; que de cuando en cuando sale y nos condena, nos verifica en la penumbra, nos ensombrece triste y nostálgicamente.

Pasado presente: caudillo, rentismo-clientelismo y adequidad

Los padecimientos que hoy vive Venezuela son parte de un acumulado histórico, político y social que hoy no hace más que recordarnos lo fallido que fue nuestra fundación como país. Un país que se constituyó, en principio, sobre los rastrojos de dos guerras (la de independencia y la civil). Sendas guerras configuraron el devenir social, económico y político del siglo XIX. Sin embargo, ese convulso siglo XIX nacional no quedó petrificado en el tiempo, sino que algunas de sus lógicas trascendieron y pasaron al siglo XX; en esa línea, ya es un clásico la frase de Picón Salas donde sentencia que: “Podemos decir que con el final de la dictadura gomecista comienza apenas el siglo XX en Venezuela. Comienza con 35 años de atraso”.

De ese belicoso XIX surgió el caudillismo y, consecuentemente, el caudillo, sobre todo el de raigambre militar. Ese espectro acompañará, en lo sucesivo, todo el proyecto país, incluso, hasta la maltrecha y sufrida contemporaneidad. La metáfora del espectro viene bien para caracterizar la lógica caudillista que aún hoy persiste en nuestras formas político-partidistas e institucionales. ¿Habrá que ser más explícito en ese sentido? Hace 20 años (en alguna medida) el siglo XIX reapareció; no como resabio, sino como constatación de que no hubo clausuras respecto de aquel pasado, sino que siempre estuvo allí, como continuo; el espectro-caudillo vino por sus fueros. No estaba muerto, estuvo allí siempre, en estado latente, como potencia.

Ahora bien, no hay caudillo sin masa. La condición de masa (en su sentido sociológico clásico) habilita la instauración del caudillo y sus lógicas perversas; la masa es su condición preexistente y necesaria. Cuando vemos que en Caracas, por ejemplo, el gobierno del Distrito Capital conjuntamente con el Gobierno nacional realizan un evento como el Suena Caracas (evento musical que convoca a artistas nacionales e internacionales), en medio de una situación país calamitosa, podemos entender algunas de las lógicas de la masividad descritas por la sociología de principios del siglo XX. Una mente sensata seguramente se preguntaría: ¿Cómo es posible que esto suceda en medio de una crisis económica y social tan brutal como la que vive Venezuela? La respuesta parece sencilla: pan y circo. Seguramente más lo segundo que lo primero. Se apela a las emociones más inmediatas, al goce pachangoso. Entonces, desde la mentalidad clientelar y caudillista, Suena Caracas no es un gasto, sino una inversión que genera réditos. Visto desde esa lógica, Suena Caracas no sólo es necesario, sino que tiene sentido en tanto se inscribe en la lógica de la masividad perversa y genera adhesiones partidarias, nunca políticas.

La democracia occidental devino en un asunto pragmático: ganar adhesiones masivas, no importa el cómo ni la fórmula, según ciertas prácticas populistas. En medio de una sociedad de masa-consumo como la venezolana, el sandungueo y el perreo son política de Estado. ¿No es acaso esta “política” del sandungueo y el perreo una especie de reminiscencia del “¡bochinche, bochinche! Esta gente no es capaz de hacer sino bochinche” de un Francisco de Miranda siempre visionario? La frase de marras cruzó como anatema y llega intacta a nuestros días. Tal vez esta frase, en buena medida, sea el epítome de la venezolanidad. No lo sé, sólo lo pienso.

El asunto no queda allí. Habría que entender que Suena Caracas y otros actos similares se inscriben en los marcos del clientelismo político-partidista que tanto ha caracterizado las formas políticas en el país. El clientelismo conjuntamente con la lógica rentística son dos de los pivotes más importantes a partir de los cuales se ha constituido la política venezolana. Mientras haya renta, la posibilidad de generar redes clientelares está asegurada, sobre todo en un contexto social-político signado por las lógicas de la masividad. Es un mal que nació, sobre todo, a partir de los gobiernos adeco-copeyanos; de ese tiempo, la fraseología de aquel entonces nos regaló infamias como estas: “no me den, pónganme donde haiga” o esta otra: “denme un carguito manque sea de maestro”; un país que se asomaba, cada vez más, al precipicio de la desidia, del conformismo, de la apatía y la despolitización… con un elemento aún más perverso: pocos reparaban en el daño, en la destrucción sistemática de un tejido político que ya de entrada venía endeble.

Aún hay quienes se crispan cuando estas cosas se dicen sin atenuantes. Gente que cree que, en efecto, Venezuela fue un paraíso antes de la hecatombe que hoy tenemos. Nada más alejado de la realidad. Esa Venezuela engendró la abominación que hoy vemos: bandas delincuenciales portando armas de alto calibre a la luz del día, ante la mirada cómplice o indiferente de las autoridades. Hospitales públicos sin aguas, escuelas sin alumnos ni maestros, escasez de alimentos, precarización de todos los servicios públicos, colapso de la empresa estatal de petróleo (PDVSA), colapso de las empresas básicas, destrucción del precario aparato económico-productivo, entre otros.
Esa Venezuela de hoy no vino de Marte, estaba allí, encubándose, cociéndose a fuego lento. Los “bárbaros Atilas” que hoy gobiernan son hijos de ese pasado, se formaron en esa anti escuela política que tantas veces denunció Briceño Iragorry en Mensaje sin destino, libro-anatema que señaló lo errático de los rumbos patrios allá en 1951. Ni Miranda ni Briceño Iragorry fueron escuchados; se impusieron los Alfaro Ucero (también llamado «El Caudillo») y los lastre de aquel pasado se entremezclaron con este presente ominoso; eso que Coronil Ímber llamó el extraño entrecruzamiento de la IV República con la denominada V República. Más que extraño entrecruzamiento, el decurso republicano reclamó su espacio, el pasado verificándose en el presente. El presente habla con voz de pasado, aunque el presente generó sus propias perversiones, eso también hay que decirlo.

Epílogo abierto

Hay un pasaje en el texto de Jonatan Alzuru que me gustó mucho y que reproduciré parcialmente: “Quien piensa como neoliberal, no piensa. Quien piensa como liberal, no piensa. Quien piensa como marxista, no piensa. Quien piensa como socialista, no piensa. Quien piensa como positivista, no piensa. Quien piensa como derecha, no piensa. Quien piensa como izquierda, no piensa. Quien piensa como centro (a lo que le llame centro), no piensa. Quien piensa como hegeliano, no piensa. Quien piensa como nietzscheano, no piensa. Y la letanía puede seguir, con corrientes de pensamiento y con autores”.
Quien piensa, piensa. Si para pensar nos ceñimos a una doctrina, entonces no es pensamiento, es seguidismo. Pensar implica desafiar los preceptos, establecer instancias de creación que estremezcan la rigidez de las estructuras, sobre todo cuando aquellas no están a la altura de los tiempos, no responden a las necesidades más sentidas. El pensamiento es el lugar de lo ilímite. Cuando se piensa con guiones o, peor aún, desde cierto “deber ser”, se obtura el pensamiento. Todo “pensamiento” así es reaccionario. Que no es lo mismo pensar el marxismo (o el neoliberalismo o cualquier otra doctrina teórica) que pensar desde (y a partir del) marxismo».

Venezuela demanda de soluciones creativas y para ello no existe “el pensamiento” correcto, ni la fórmula exacta. Necesita del concurso de muchos pensamientos, de muchas ideas y propuestas. Habrá que definir planes objetivos y mesurados. Necesita del concurso de las izquierdas y las derechas; de los clérigos y los apóstatas. El proyecto debe ser el país y eso debe convocarnos a todos por igual. En esa tarea urgente, las universidades deben tener un papel preponderante, dado que es una instancia para problematizar el país, para pensarlo desde distintas teorías y visiones con el fin de proponer nuevos derroteros que trasciendan el pasado ominoso y el presente distópico que vivimos. Sin mesianismos, sin dogmas ni fe, sólo con la aspiración sublime de ser distintos y mejores de lo que hasta ahora somos.

Esa tarea urgente demanda decisiones firmes, eso sí, sin caer en esperanzas inútiles ni salidas mágicas cándidamente esbozadas a razón de la palabra populista animosa pero tramposa. Hay que comenzar a pensar desde la grieta que somos, incluso desde la derrota verificada; sin triunfalismos ni estridencias. Pensar el país es rebatirlo con fuerza, estremecer sus mitos y alterar el curso de la historia. La convocatoria es abierta, con los mejores, los más dotados, los más comprometidos deben poner la piel y el alma en ello. En suma, hay que matar el país de los Alfaros y de los Diosdados. El tiempo de la devastación debe ser también el tiempo de la creación.

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