“En 1983, en la ciudad norcoreana de Chongjin, nace la séptima hija de
una pareja que anhela tener un hijo. Abandonada horas después de su
nacimiento, es arrastrada de regreso por el perro de la familia y, eventualmente,
rescatada por su abuela. La anciana le da a la niña el nombre
de Bari en honor de una princesa coreana que, según cuenta la leyenda,
también había sido abandonada y luego emprendió la búsqueda de un
elíxir que les traería paz a las almas de los muertos”.

Bari, la princesa abandonada de Hwang Sok-yong

Según “san Wikipedia”, a falta de datos oficiales (es un país muy “raro”: no hay acceso a ese tipo de informaciones ni estudios al respecto), cada cinco años se elige a la Asamblea Suprema del Pueblo (nótese la sobre adjetivación: Asamblea Suprema— suena como a Líder Supremo— ¿ummm, es como mucha coincidencia?, no sé, digo). Siempre, y desde 1948 (sí, 72 años), ha estado en el poder el  Frente Democrático para la Reunificación de la Patria (nótese, nuevamente, la sobre calificación), que preside el Líder Supremo, Kim Jong-un, presidente del país. La República Popular Democrática de Corea, nombre oficial de ese país, tiene muchas elecciones. Es, viéndolo así, a secas, un país democrático: hay elecciones. La gente vota. Eso si nos apegamos al canon de la democracia liberal en su sentido más básico: el voto como fórmula de participación política; lo cual supone que a más votación (más participación política), más democracia. Admitamos, muy preliminarmente, tal aserto. Bajo esa fórmula democrática de Corea del Norte, podemos señalar que en Cuba también hay elecciones, lo mismo que en Rusia y China.

En la isla caribeña, Fidel y sus muchachones llevan más de 62 años en el poder— la redención tarda un poquito, un tilín—. Como el tango de Gardel/Le Pera: “20 años no es nada”. —¡¡¡Qué son 62 años!!!—. La impaciencia de algunos, la verdad, es exasperante. Pero no, ni Cuba ni Corea son tiranías… son democracias: “la gente vota, elige”, dicen los alelados más románticos de una izquierda ensoñadora que ve, como decía Sor Juana, la realidad pintada a sus deseos. Otros progres prefieren hacer un silencio muy parecido a la obsecuencia; el seguidismo ideológico también es disciplinado y sabe cuándo y cómo callarse (mi mamá siempre dice: “mijo, calladito te ves más bonito”).

Pablo Iglesias o Íñigo Errejón, el jet set de la izquierda española, por lo menos la más pantallérica, no hacen análisis de estas cosas. Ambos son politólogos, tienen unas posiciones muy interesantes y marcadas al momento de hablar— a lengua suelta— del liberalismo político, de las componendas de las derechas, entre otros temas relacionados con esa acera ideológico-política. El nivel de análisis que muestran sobre esos temas es, no tengo líos en señalarlo, denso. Con Iglesias y Errejón me pasa lo mismo que con este barbudo, bautizado por Nicolás Maduro como el  “Cristo de la Economía”, Alfredo Serrano Mancilla: sus análisis, por sesgados que sean, tienen un sustento, algún anclaje, a veces empírico, a veces teórico; pero hablan posicionados desde un saber… aunque la costura del sesgo se vea kilómetros.

Yo quisiera, lo juro, que estos hermeneutas de izquierda pusieran en sus bocas y plumas un mínimo de materia gris para analizar la democracia norcoreana o cubana. Que un poquito de esa pasión exegética con la que se refieren tan pendencieramente hacia Trump o Macri (ambos merecidamente criticados y denostados), la aplicaran para analizar a Kim Jong-un o Fidel Castro. Pero no, no es así. La monocromatía analítico-ideológica (valga el oxímoron) no se permite tales licencias. Pensar y analizar para esta progresía tiene una sola vía. Para el eje podemista Iglesias-Errejón-Mancilla poco parece importar que en 72 o 62 años (Corea del Norte y Cuba respectivamente), una única facción ideo-política gobierne un país. Eso sí, colocan en sus redes sociales un pequeñito post donde señalan (palabras más, palabras menos) cosas como estas: “Ángela Merkel tiene desde 2005 siendo la líder política de Alemania (su canciller, más propiamente hablando) y nadie dice nada; ¿eso no es dictadura?”. Listo, Pionyang y Berlín “hermanados” por la tiranía.

Sí, claro, Merkel, quien además tiene una tesis doctoral en química cuántica de la Universidad de Leipzig, no es comparable con el Líder Supremo, amo y señor (feudal) de Corea del Norte. Seguramente los datos económicos de Cuba y Corea del Norte hacen que la Alemania de Merkel luzca como un país, pongamos por caso, como Venezuela, donde ahora mismo (y esto es un dato ABSOLUTAENTE empírico) el sueldo mínimo es UN POCO MÁS DE UN DÓLAR AL MES. Claro, si uno osara a hacer análisis sobre esa realidad y encuentra que, por ejemplo, un Gobierno socialista (así se define a los cuatro vientos) ha hecho que la economía de un país vuelva al siglo XIX (en Venezuela, en muchos lugares,  la gente ha vuelto a la leña para poder cocinar—un país que siempre ha quemado el excedente de gas de la producción petrolera, ahora tiene graves problemas para el suministro de gas doméstico—),entonces las izquierdas como UNIDAS PODEMOS o los Comités de Defensa de la Revolución (cubana) te caen encima por reaccionario, lacayo imperial, cipayo, HDP vendido a las transnacionales y el etcétera es largo… y predecible, ya lo sabemos.

En todo caso, y volviendo a los ejemplos democráticos de Corea del Norte y Cuba, los mecanismos para la participación política no sólo existen, sino que se promueven de todas las formas posibles… eso sí, en la medida que esa participación popular se ajuste, punto a punto, a los intereses del hegemón: en Cuba, el Partido Comunista Cubano[1] y en Corea del Norte, el Frente Democrático para la Reunificación de la Patria. De resto, quien se salga de ese eje, es un traidor a la patria, un lacayo imperial, un cipayo… y el largo etcétera otra vez. Digamos que 72 y 62 años en el poder terminan por hacer que esos pueblos se acostumbren al peso y al olor del herraje de esas cadenas. 72 y 62 años de “democracia, justicia y libertad” (nunca las comillas fueron tan irónicas, retóricamente útiles) le parten el espinazo a un pueblo.

El problema de base para las democracias latinoamericana son los émulos aventajados de estas democracias “A lo cubano” (Orisha, dixit), sobre todo. El caso venezolano es paradigmático en ese sentido.  El esquema, groso modo, operó así: El chavismo ganó las elecciones de 1998 porque el viejo orden, representado por el bipartidismo del Pacto de Punto Fijo, se había auto deslegitimado (corrupción, despilfarro del erario público, crisis institucional, entre otros). Luego de instalarse en el poder gubernamental, estos regímenes (que se erigen como redentores verdaderos de la patria) comienzan a operar a partir de una mecánica del poder consistente en meterle mano al Estado a través de la Constitución.

A la par, estos gobiernos construyen una gramática según la cual son ellos los auténticos acreedores de «La Verdad»; tienen, dicen,  la receta para salir de la crisis creada por los gobiernos de derecha. De allí inician un proceso para ajustar la democracia liberal a su conveniencia. ¿Por qué creen que Chávez tenía tanto afán en cambiar el artículo 230[2] de la Constitución de 1999 que él mismo promovió? Cambiando ese artículo, Chávez podía lanzarse las veces que quisiera a la Presidencia de la República. La Reforma Constitucional que intentó en 2007 le negó la posibilidad de cambiar el artículo 230 que le ponía límites a la reelección. Pero en 2009 se salió con la suya y reformó ese artículo. Algo similar quiso hacer Evo Morales con el artículo 168 en Bolivia[3], pero en 2016 más del 51% de los bolivianos le negó tal posibilidad. Igual el Tribunal Supremo Electoral afecto a Evo lo habilitó para lanzarse a un cuarto periodo en 2020. Ya sabemos la historia.

¿Cuál es el gran «medidor» del índice democrático de un país? Sí, adivinaron: las elecciones. Luego de que los tiranuelos se acomodan la democracia a su favor, se dan el lujo de hacer cuantas elecciones se les ocurra… eso sí: en toda elección, principalmente las más importantes, es la facción dominante en el poder gubernamental quien se erige triunfadora; claro está, previamente el poder gubernamental (emancipador y revolucionario, no faltaba más) hizo los «ajustes democráticos» para que todas las instituciones democráticas (como en Venezuela, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Rusia, China, Bielorrusia, entre otras) jueguen a su favor. ¿Por qué en Cuba siempre que había elecciones ganaba Fidel,  luego éste le legó a Raúl y éste a Diaz-Canel? ¿Por 62 años siempre esa facción fue tan maravillosa, eficiente y buena como para quedar invicta en toda elección por más de 6 DÉCADAS?[4] ¿Y en la República Popular Democrática de Corea—léase bien la sobre adjetivación (Popular Democrática) — por qué desde 1948 sigue en el poder la dinastía iniciada por Kim Il-sung? ¿Eso nos invita a pensar que en 72 años siempre han sido estos simpáticos amiguitos comunistas una maravilla y por eso se han mantenido en el poder por tanto tiempo en aquel país? Por cierto, veamos los números económicos y productivos de las dos Coreas a ver qué nos dicen esos datos.

Las elecciones como simulacro

Dentro de tres meses en Venezuela se realizarán las elecciones a la Asamblea Nacional. Ese proceso se hará bajo el marco democrático que hemos intentado conceptualizar a lo largo de este texto. Chávez y Maduro adecuaron la democracia y la “pusieron a jugar” en una sola dirección: a su conveniencia. Todas, lea bien, estimado lector, todas las instituciones en Venezuela operan bajo el signo del chavismo. La actual presidenta del Consejo Nacional Electoral (institución del Estado que se encarga de organizar todos los procesos de elección en aquel país), la abogada Indira Maira Alfonzo Izaguirre, es una entusiasta adherente al chavismo. No hay que olvidar que la abogada Alfonzo fue nombrada de forma írrita por el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) que responde a Maduro. Ella misma pertenecía al TSJ, presidió la Sala Electoral de ese organismo. De hecho, fue esta señora quien  introdujo la ponencia de la sentencia número 260 del 30 de diciembre de 2015, en la cual deja sin efecto la elección de los diputados por el estado Amazonas el  06-D de 2015; esto lo hizo Alfonzo a solicitud de Nilcia Maldonado (ex ministra del chavismo y candidata perdedora por ese circuito). A partir de allí, el TSJ inhabilita por la vía de los hechos (durante los 5 años del periodo legislativo) a la Asamblea Nacional electa en 2015 (el chavismo perdió de forma abrumadora esa elección con los factores nucleados alrededor de la Mesa de la Unidad Democrática). Es decir, la persona que le limpió el camino al chavismo para inhabilitar a la actual  Asamblea Nacional, hoy preside el máximo ente comicial que organizará las nuevas elecciones de la Asamblea Nacional en el país caribeño. 

Esa elección de la Asamblea Nacional promovida por el chavismo es una farsa y ya. No hay que darle muchas vueltas al asunto. Pensar en participar o no en ese proceso, no es el dilema de fondo. Lo que hay que entender es que «eso» no es una elección. No hay mucho qué pensar. En Cuba el fidelismo lleva 62 años invicto y en Corea del Norte, 72. Allí hay elecciones, y más que en Dinamarca, pongamos por caso. Pasa que siempre gana la misma facción, ¿qué raro, no? Nah, nada de raro, se llama tiranía constitucional (sí, es otro oxímoron, pero da cuenta de una realidad evidente). Estos querubines, epígonos de Fidel, Putin o la dinastía norcoreana, ponen a jugar a la democracia liberal en una sola dirección: funcional a sus intereses. A veces, y «como por no dejar», lanzan unos huesitos pelaos a sus «opositores» (no en Cuba, ni Rusia ni Corea, ojo) pero sí en Venezuela y Nicaragua.


[1] Aunque hay una izquierda heredera de las “sagradas escrituras de Marx” que nos dice algo furibunda e indignada que “eso no es comunismo”. Bueno, no nos pidan tanto. Ahí dice Partido Comunista Cubano. ¿Cómo desligar el significante del significado? ¿No da cuenta ese significante de lo que debería ser el comunismo? Eso ya es un asunto entre ellos. Pero a los mortales ateos de la “religión” marxista no les queda de otra que asociar significante con significado; ahí dice Partido Comunista Cubano así como también Stalin se denominaba comunista lo mismo que Mao, Fidel, Chávez y Kim Il-sung, abuelo del Líder Supremo de Corea del Norte.  

[2] Así decía el 230 constitucional: “El período presidencial es de seis años. El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido, de inmediato y por una sola vez, para un período adicional”. Subrayado del autor. Con la modificación de 2009, el artículo quedó así: “El período presidencial es de seis años. El Presidente o Presidenta de la República puede ser reelegido, de inmediato”.

[3] El 168 no fue modificado, dado que en el Referéndum Constitucional del 21 de febrero de 2016, la opción de Morales perdió frente a los opositores a su Gobierno. De hecho, el 168 quedó inalterado: “El periodo de mandato de la Presidenta o del Presidente y de la Vicepresidenta o del Vicepresidente del Estado es de cinco años, y pueden ser reelectas o reelectos por una sola vez de manera continua”.

[4] En sentido estricto, no fue Fidel Castro el presidente de Cuba a partir de 1959, sino un civil, Manuel Urrutia Lleó, quien había sido colocado por los rebeldes como Presidente ante la huida de Batista a República Dominicana. Urrutia estarían en el poder por siete meses, dado que las diferencias con el líder revolucionario, Fidel Castro, eran irreconciliables. Luego de dimitir e irse al exilio, lo sucede en el poder Osvaldo Dorticós Torrado, quien asume la máxima jefatura de Estado hasta 1976, cuando se crea una nueva Constitución. En este nuevo texto constitucional, en su artículo 106, se determina que el Gobierno de la República de Cuba será colegiado y estará presidido por alguno de los miembros de la Asamblea Nacional del Poder Popular; desde 1976 en adelante, ese lugar lo ocupará, de forma ininterrumpida, Fidel Castro, hasta su dimisión por motivos de salud en 2008. Aunque siguió teniendo una profunda incidencia en el nuevo Gobierno presidido por su hermano Raúl Castro. En todo caso, desde 1959 hasta días antes de su muerte en 2016, Fidel Castro mantuvo el poder político-gubernamental de Cuba de forma directa o indirecta. Todas las decisiones de Estado y de Gobierno debían tener su consentimiento. Es así como Urrutia y Dorticós (ambos civiles) fueron colocados al frente del Gobierno a solicitud expresa de Fidel Castro. De los dos civiles en el poder, Dorticós fue el más dócil y funcional a Fidel Castro. Ambos civiles fueron colocados allí para dar la impresión de democracia y estabilidad. Pero a partir de la Constitución de 1976, Fidel toma directamente las riendas del Estado y del Gobierno.

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Johan Manuel López Mujica
Licenciado en Educación, mención Castellano y Literatura. Máster en Educación. Especialista en Comunicación Social. Doctorando en Comunicación Social de Universidad Nacional de La Plata-Argentina (en fase de tesis). Máster en Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela. Profesor-investigador universitario. Articulista de opinión en medios nacionales en internacionales. Su área de investigación está relacionada con la comunicación política, el discurso político y, más específicamente, a temas relacionados con el populismo.

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