Es poco común escuchar en las calles alguna voz, piropo, o siquiera murmullo refiriéndose a la apariencia de un hombre, ya sea por como viste o directamente hacia alguna parte de su cuerpo. Repito – es poco común.

A diario las mujeres somos víctimas de violencia a través de los “piropos”, aquellos comentarios que invaden y violan la privacidad de todas las que nacimos con “la maldición de ser niñas”.

En el año 2007, Loizeau & Marant estrenaron el documental denominado: “La maldición de ser niña”, el cual reflejaba la oscura realidad que viven las mujeres en países como Pakistan, China e India a causa del sistema patriarcal. En estos países ser mujer representa un altísimo riesgo; 100 millones es el número que personifica a las niñas que murieron a causa de infanticidio (según la RAE: consiste en dar muerte a un recién nacido, la madre o ascendientes maternos para ocultar la deshonra de la madre) y feticidio, “una práctica que se realiza en nombre de tradición, creencias, pobreza” (Venegas, 2010).  Lo más impresionante es escuchar testimonios reales de mujeres que comentan que las niñas no tienen espacio en esta tierra ya que solo vivirían para sufrir como ellas lo hacen.

Una aberrante realidad como respuesta a un sistema que continúa normalizando la violencia, y como si fuera poco, en nombre de la tradición las mujeres y niñas sufren actos atroces, irracionales y banales.  La realidad de cada una de ellas se ve envuelta en un sistema de poder que se dedica a mutilarlas, coartarlas y muchas de las veces sacrificarlas por el simple hecho de ser mujeres.

He leído varios  comentarios en las redes sociales que acusan a las mujeres de ser exageradas, a unas cuantas las catalogan de feas y recalcan que decirles algún piropo resulta un favor. Los piropos o “halagos” son el reflejo de una sociedad machista que valora a la mujer como objeto y no como sujeto. Lagarde (1998) manifiesta que las mujeres hemos sido pensadas, imaginadas, deseadas, obligadas a existir y  reducidas a una sexualidad cosificada, como también a ser siempre objetos -deshumanizados- de contemplación.

Solo cuesta hacer un ejercicio de imaginación y ponerse en los zapatos de la otra persona, para poder comprender, siquiera un poco, la vivencia traumática que experimentan todas. Ahora pregunto: ¿Acaso resulta halagador salir de tu casa y en cada esquina escuchar comentarios como “rica mami”, “ese cuerpo de diosa” o extremos como “quisiera tenerte”? ¡Definitivamente no!

Ramiro Diez en su libro “Volver a leer” relata una historia interesante que ocurrió hace varios años atrás. En un pueblo del Orinoco, se hablaban 3 idiomas, de las cuales una de ellas fue creada y hablada solo por mujeres. El Nushu, un idioma inventado hace casi dos mil años, fue la mejor forma para escabullirse de la dominación machista que oprimía a las mujeres de aquel sector. Aquella lengua fonética, mantuvo por años en secreto: historias, canciones, hasta cuentos que solo ellas podían entenderlos; por lo menos así sentirían y probarían un poquito de libertad.

Ahora en pleno siglo 21, las mujeres nos organizamos y luchamos por la reivindicación de nuestros derechos permitiendo que se generen varios cambios. Pero aun así todavía no podemos salir tranquilas a las calles; nos siguen matando, callando y violentando; el sudor junto a escalofríos recorren nuestro cuerpo cada vez que sabemos que algún pelafustán saldrá con uno de sus piropos soeces.  Definitivamente, esta vez no recurriremos a inventar nuevas leguas fonéticas para pedir un poquito de libertad, o callaremos alguna muerte o mutilación.

Esta vez solo diremos que no habrá próxima vez. La revolución será feminista, o no será.

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