Con mi muerte vuelvo a ti,
a tu polvo enamorado.
— Jorgenrique Adoum.

Quiero empezar disculpándome, Jorgenrique, por apropiarme de lo que a ti te impresionó primero.

«Positivo», se interpretaba en el resultado clínico. Le ordenaron quedarse en casa. Aislarse —con el eufemismo de siempre, que ya no tiene sentido— «voluntariamente».

Pero don Lucho, ya no encontraba el sentido de volver a ella. Resultaba luctuosa por la presencia muerta de su esposa, de su hija Elenita, prostituta cancerígena, y la desaparición del gato que, al oler los pasos pálidos del final, desapareció para siempre jamás. «Animal ingrato», pensaba, con esa opresión en el pecho que la peste provocaba. «Yo no sé qué estoy pagando», suspiraba para sí mismo, «yo nunca le hice mal a nadies». Y se reía por las travesuras, pecados piadosos que no se cuentan en el libro de Dios por su derecho ficticio de hombre. Buscó el cable, sí, el cable, lo aprietas, te cuelgas, el árbol de higos, pero escuchó en la tele, que nunca mentía: «Dióxido de Cloro», y él hizo caso. La intoxicación lo regresaría a los brazos de su bella, y pediría perdón a Elenita por no acompañarle en la etapa final del cáncer.

Entraron a su casa, el gato bufó a los intrusos, armados de blanco, lo encontraron sentado, los ojos reencontrados, por fin, con su familia, perforando la pared crema de su casa patrimonial. Se busca sepulterero municipal, avisaba el anuncio del edificio principal, y en la Dirección de Comunicación: de preferencia, extranjero. La chamba estaba allí, y ahora que Richard Infante, su compañero de piso, había… ¿muerto?, ¿no?, era tiempo de aprender a hacer plata, al fin, aunque sea, con cadáveres.

Escuchó que de la Regional de Cotopaxi había escapado un grupo de reos, entre ellos un ‘veneco’, que mató a una chica. Mi pana no era chimbo, era chévere, exhalaba, puesto la mascarilla. Richard Infante nunca volvió a comer sus cambures mosqueados, ni la lechoza atestada de golpes y hongos, un símil del migrante en pandemia. Ni tampoco el narrador tiene deseo de traerlo a la vida, su ciclo ya fue, ¿por qué debería traerlo a sufrir a esta tierra? Está enterrado entre la paja del páramo, historia de esta tierra, del país imaginario que lo arrancan, pero siempre vuelve a crecer. Ahora es el turno de José Gregorio Pérez, que se encontró con el letrero del cabildo.

Cambiaba el color del semáforo, era el momento, pero el corazón se había detenido. Al igual que el tránsito, provocando aparatosos choques, carajos, ojalases con desvidas, «¡dale pues oe!», «¡ve verga, ya está en verde!». Pero nadie respondía, el auto estaba apagado, como el pecho del segundo de estos tantos infectados. Se acercó nuestro querido y adiposo oficial municipal, pero, al ser un enano, tuvo que treparse a la ventana abierta, para caer en cuenta de que el conductor estaba muerto.

Controlar el desastre no era su oficio, el relámpago que aterrizaba en sus tripas aguadas siempre lo sorprendía, por suerte esta vez, digamos que también el miedo: huyó del lugar, dejando su rastro de hez hasta San Alfonso, para que el virus también lo encuentre. Mientras tanto, en su traje blanquero, cargado de los bártulos para la recolección de esos otros muertos que también somos nosotros, —esa suerte nos espera—, lo sacó del asiento, lo metió en su bolsita de basura, lo cuidó en su ataúd de cartón, porque la dignidad, en esta ciudad, siempre ha sido triste y desdichada. Y se lo llevaron. ¿Pero vos estás tonto?, le reclamó cuando fue con la propuesta, allá te mueres, o te infectas y te mueres.

Pero José Gregorio Pérez lo tenía claro. Necesitaba comer, a costa de los esqueletos que se quedaban tirados, marcando su territorio, en el asfalto. Nadie se haría cargo de este oficio, sino él. Y era una de las manifestaciones tangibles en las que el amor se apropia del alma y el cuerpo para envolver a su corazón, que duerme, contento, cansado, en otro cuerpo, y porque la quería tanto que no soportaría verla morir de hambre. Es que, —los modismos riobambeños se apropiaron de tu lengua José Gregorio Pérez—, ¿qué más podemos hacer? Ella lo vio, agarró las solapas de su chompa y lo acercó a su boca, para decirle que sí, que sería una gran idea.

Entre el edificio principal de la urbanización, y el patio que se adornaba de verde pasto, las escaleras se hicieron eternas. De la puerta a la calle para exhalar esa muerte tan suya, que le hizo rodar las gradas, se desvanecía su pulmón que no alcanzó ese aire vital, porque el corazón, respondía a las razones de la muerte. Gerardo cayó, y no dejaba de caer. La cabeza magullada, y el alma purulenta le hizo suspirar en su patio, con la pierna dando vistas a la calle. «Ya valió», pensó, fue la última frase que se escuchó de un riobambeño curioso, que se tenía que encontrar con su amor a la vuelta de la esquina. Este flaco, como la pobreza, llamó al único que podía y entendía cómo levantarlo del letargo de la muerte.

Gerardo murió, y en su traje blanco, supo cómo acomodarlo en tierra, con soberana responsabilidad, el pan le llegaba para ella, y le sorprendía que alcanzara para tanto. —Bueno, corazón, yo también —pensando un poco, suspirando porque era un dolor inexorable—, me voy. Nos vemos en la noche. José Gregorio Pérez, con las manos vacías, la veía, siempre hermosa, y pensaba que sí, que la vida sería mejor, aunque él no supiera lo que hacía cuando en casa no la encontraba.

Eran tan pobres como para alcanzar un canal de comunicación intermitente y con latencia, para confirmar su presencia, su fidelidad. Tenían para comer, cayeron en el olvido los agujereados estómagos. En el Municipio le habían confirmado su participación en las funciones del Cabildo. —Joven, con la Mendoza póngase de acuerdo —cruzando la puerta apurados, le decía el burócrata, porque así era tener al periodismo cazándoles los pasos—. Ellos le han de decir. Y así fue: —Toma, el traje de bioseguridad, el paquete de fundas en la que metes a los muertos, tus botas, y… —pensando, porque las frases siempre se construyen con esas muletillas—, eso, ¿no ve? ¿Qué más quieres? José Gregorio López se replanteaba, porque nunca en su vida había recogido restos humanos, pero vamos nomás. «Vas a la ventanilla, enseñas la foto del muerto y cobras». «Tienes equipo, verás», le decían en Talento Humano. «Les llamas a los chicos, si el muerto es muy pesado, un gordo o un indio, pero…» reformulando el juicio, pensando en estos últimos: «esos se pudren nomás en la calle, y se los llevan: nunca reclaman por ellos».

Entonces, porque ese es el único camino que nos quedaba, nos fuimos a hacer plata con muertos, Pepito. No te darías cuenta del momento en que ella salía de la casa de un muerto por Covid. El corazón se te hizo un nudo, porque no comprendías esa relación profesional que se consolidaba cuando te comentó que conoció a un travesti llamado Kruz Veneno. Esos otros muertos no se equiparaban con la violencia con la que a tu alma la habían vapuleado. Un golpe al orgullo del machismo histórico en el que señalan a la mujer cuando, por decisión, comercia con su cuerpo. Pero…, pensaba, ella me amaba. Y el seso te devanabas, ahora el cuerpo se volvía igual de pesado que los cuerpos que recogías por las calles. El alcohol sería uno de los primeros estimulantes que encontraste, al igual que a tu compañero Galo, que vivía de este enterrador oficio de cadáveres. —Que se te muera la novia no es tan grave, negro —le decía, cavando en tierra—. El cuerpo se descompone, a la final — recogiéndose de hombros. «El cuerpo es una cosa. La esencia, su energía, se queda contigo, el cuerpo es eso, cualquier cosa.

Es indolencia. Hay historias más dolorosas que se te muera la novia», le repetía, cavando fosas. Con la acidez que ya le provoca el trago en sus tripas extranjeras, se volvió al hueco para que su náusea lo acompañe a este otro occiso que era el último de una familia de infectados por este bicho. Vomitó al difunto. —Por ejemplo, Pepín: José Gregorio Pérez escuchaba la crónica de una pareja que falleció, pero que no sabía que su mujer estaba embarazada, «el rato de la autopsia, pues loco», alcanzaron a sacar a su bebé del vientre materno. «¿Y ahora, mija?, nos preguntábamos todos, verás. Uno que es hecho el abogado nos dijo le dejemos en la DINA, pero, mija, se te parte el alma viendo todo eso, pues.

Entonces lo fuimos a dejar, no sabíamos qué hacer». Pero también a veces se ría por las experiencias con los «muertitos». «Una vez verás, qué risa, casi nos matan a palos a nosotros más en Bucay». Borracho, José Gregorio Pérez escuchaba: «Era tan pesado el cadáver, negro, que se nos fue cayendo. Tuve que meterme al hueco porque los parientes empezaron a reclamarnos, era necio el muerto, se quería morir parado». —¿Y tú no les tienes miedo? —preguntaba alcoholizado—. ¿Respeto, algo? —Siempre pido permiso para embalar un cuerpo. Eran las tres de la mañana y no llegaba, todavía. Él siempre buscaba las formas para comunicarle que se iba a demorar o que a dormir no iba a llegar. Era un buen tipo, y ella lo amaba, sentía que a veces la luna le estaba muy lejana para bajársela algún día.

Este ejercicio compartido había empezado días antes de la crisis, coincidieron en la Nacional de Chimborazo, ella había defendido su proyecto de titulación. Lo encontró en la entrada, vendiendo postres con ese otro suyo que se llamaba Richard Infante, «pobre», pensaba ella «muerto de frío, allá perdido el pobre», y precisó el momento exacto en que la sonrisa inerme le había demostrado que no había vuelta atrás. Esas pupilas la habían arrastrado «parasiempremente» a vivir en su refugio de migrante. Ya era abogada de los tribunales del Ecuador, pero detestaba ese ejercicio, lo que ella decía: «vivir del conflicto», y ahora «nadie tiene plata para pagar un abogado», entonces decidió, para no morirse de hambre, y alimentar esas esmirriadas tripas de José Gregorio Pérez, hacerse del oficio de la «Veneno», ya que Elenita estaba muerta y enterrada. Escuchó un ruido, cerca de su cocina, que conectaba con el baño, — «José», pensó—, la piecita solo se dividía con tablas demacradas que buscaban dar esa noción que merece cada lugar. Entraron a llevarse lo poco que tenían.

Salió, descalza, cansada por la jornada con Kruz Veneno, y la encontraron. Se acercaron a ella, la amordazaron, la golpearon, la hicieron llorar, abusaron de ella, y cómo nunca está demás, la mataron. Se llevaron hasta el camisón manchado de sangre, dejándola, desnuda, en lo que se supondría como la sala del cuartito compartido. Beodo, con toda la rabia que le había hecho vomitar el trago, y la melancolía que produce una traición, buscaba a justificaciones de ella, para encontrarse en la casa de quien murió dos días después por culpa del virus y tuvo que levantar los despojos. Al entrar a su cuarto, la encontró desnuda, con la cara magullada de la paliza propinada por los extraños que entraron a su casa.

Fría, pálida, coaguladamente sangrada y muerta fue el último encuentro, y olor que tuvo de su recuerdo, no le dio ni la última oportunidad de ver su agonía. Se tiró al suelo, llorando como un niño ebrio, abrazado al cuerpo ausente, con toda la tristeza de la tierra sobre sus hombros y esos brazos que le rodeaban pidiendo que se quede, que no se despida para siempre. La besaba en los labios, pero no la encontraba, movía su cuerpo desnudo, tampoco se despertaba, era todo, estaba muerta. Se contactó con Galo, y llegaron para realizar el levantamiento de su cadáver de miel, y se sepultó ese cuerpo, que nunca perteneció a estos nuestros cielos. Bajo tierra, clavada en la humedad de ese mineral, dormiría en su viaje prematuro al Más Allá, ya no habría la posibilidad de morir juntos, nunca más.

José Gregorio Pérez no se dio cuenta el momento en que Galo desapareció, y él había despertado tirado en la acera. Desde el Municipio buscaban que siga recogiendo muertos, —«Tienes talento», le decían—, porque ya con el fin del Estado de Excepción, los «chamos» creyeron que la emergencia se había acabado, y todo fue un recuerdo del infierno que se inauguró en marzo. Él no dejaba de beber y de buscar a los que la asesinaron; empezó a hacer mal su trabajo. Confundía cadáveres, perdía otros, los acumulaba en una fosa común sin permiso del cabildo, hasta encontrar a quiénes la mataron.

Nunca dejó de estar «maiceado», se volvió su estado natural, porque la realidad de quedarse solo, y seguir recogiendo a los muertos de la ciudad, ya no tenía sentido. Encontró a una señora, un día, con su hija, la fue llevando porque daba la impresión de ya estar muerta, aunque siga caminando, con su patita inválida. No la envolvió, solo la dejó lista para que la metan en la funda de basura, cubierta por una tela blanca, desnuda. Al salir del cuarto, atestado de cuerpos, desparramados por el suelo, tuvo la impresión de estar infestado de pulgas, pero por su estado de ebriedad, sentía que eran llamadas de atención que venían desde el más allá, comandados por ella.

La señora se despertó al día siguiente, pero murió, ¿no? Los riobambeños molestos, comenzaron a desprestigiar el trabajo de José Gregorio Pérez, y era justificada la indignación. Madres, padres, tíos, y abuelas muertos desparecían, siempre se entregaban las cenizas equivocadas por la incompetencia que le provocaba la borrachera. Tenía que dar una respuesta. Ante la turba de gente molesta, José Gregorio Pérez, solo pudo dar un borracho eructo, e irse a beber por la Merced. La gente, encabritada, lo siguió y le propinaba golpes, carajos, maldiciones. El Municipal Viscaíno también formaba parte de las turbas, pero solo para que no lo golpeen demasiado. Medio muerto lo dejaron en la Olmedo, pero era la inconsciencia del alcohol en la sangre.

Tomaron su cuerpo, con esa rabia de salvajes, y decidieron enterrarlo, si es que estaba vivo, sería mejor. Los sepultaron, para no verlo más, para que muera asfixiado, y como una venganza por hacer mal su trabajo. Al despertar tuvo la impresión de haberse quedado ciego por las cantidades de alcohol que ingería. Pero no era ese el caso, podía ver las oscuras paredes de tierra que lo rodeaban, y que unos brazos, como si fueran raíces, le abrazaban por debajo de su cuerpo. Escuchaba la sístole y diástole de un corazón que también estaba enterrado. —Tranquilo, amor —escuchó que le dijeron. Era su voz, ¿seguía borracho?, ¿nunca se habría despertado?, ¿siguen en el cuarto compartido y él nunca recogió cadáveres, y ella nunca fue amiga de Kruz Veneno?—. Ahora te estás muriendo, y te estás muriendo conmigo.

No pudo hablar, porque sentía que sus brazos le arrancaban el corazón para apagarlo para siempre. «Lo hiciste bien, fui feliz», escuchó que le decía, y sus manos empezaron a tocarle la cara: «sí, eres tú, cuánto tiempo», susurraba a su oído. La tuya es «una muerte pequeñita», le decía, parafraseándole a quien siempre, por viejito, lo escribía mejor. «Ahora, ámame, no dejes de amarme», y recorría por todo su cuerpo las manos hechas de tierra, mezcladas con la carne que le quedaba. Hacían el amor, y ahora ¿lo seguirán haciendo?, no lo sabremos. Pero se hallaron, con la fuerza de esa pasión instalada en el corazón ajeno, como polvo enamorado.

Su muerte no fue una muerte entera, porque le hacía falta José Gregorio Pérez para irse en paz. El sufrimiento, que parecía de siglos, se desvanecía del cuerpo del otro, encontrado con «su dulce corazón durmiendo en otro cuerpo», pudo descansar. El alma se encargó de matar ese corazón asustado, y se entregó a los brazos de ella, para morir, en paz, tranquilo, con el deber cumplido. ¿Para qué escapar de la muerte?

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