La niña en el café

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Ilustración: Thomas Encalada @thecherrytom

Tempranito y en silencio baja de la litera,
son pocos los peldaños por descubrir,
no quiere perderse el primer baño de luz
antes de que los rayos llenen de sol la ventana
y los cómplices corran las cortinas pesadas.

Descalza, recorre el camino habitual hasta la cocina,
pone a hervir la tetera, agua, café amargo,
ansias por ver romper burbujas en moléculas,
el pito estridente anunciando otro despertar corriente.

Las tinas viejas se van llenando de a poco,
micelas lunares tejen al ritmo de la caída natural del agua,
creando una capa recta e insoluble para descansar
de la inclemencia fría del invierno en la cordillera.

Acompaña su ceremonia con el canto de un pajarito enfermo,
madrugador de dolor por su ala quebrada,
aún joven para atreverse a dejar el nido, sin saber cómo volar,
piensa: «Pobrecito el pico de ese colibrí«.

Alcanza sus pasos largos hasta el cuarto de azulejos,
recortando mosaicos llenos de moho y cebo,
oscuro, alumbra sombras con una vela por la mitad.
Coloca la fuente inerte y queda a su espera.

La ropa afuera, esos trapos son para quitarse,
para que nada cubra los rincones del cuerpo creciendo,
sus piececitos ahora grandes tocan el agua tibia,
como acariciando olas sepias y dulzonas.

La niña elige una tina de porcelana con oreja,
y en ese olor a casa vieja sumerge las muñecas,
como termómetro casero e infalible.
Poco a poco los polos del cuerpo:
piernas cubiertas de pelo, rodillas ásperas,
muslos emergiendo hasta llegar a la nariz.

Sin inquietudes propias, la cabeza vacía,
deja la piel muerta flotar sobre la tina,
rezagos de la infancia que se marchita,
sin querer y sin saber…

Desde el fondo solo ve marrones pintando el cielo,
con azúcar impalpable, de allí también se puede beber,
no como la bañera típica de agua clorada,
que las niñas buenas acostumbran a tomar.

Son ya 30 minutos y el cafecito empieza a enfriar,
los deditos arrugados avisan que ya es tiempo,
cuando la actividad de la casa se empieza a movilizar.
La niña es pequeña, lleva 15 o un poco más.

Quería ser florista, pero no le alcanzó el tiempo,
para estirar más la vida y retrasar las aventuras,
con consuelo frota las últimas gotas de café,
tostando su piel ya morenita y delgada.

El recreo y su descanso en la taza termina,
hay un guagua que despierta a llantos.
A pesar de querer quedarse en remojo,
le dijeron: ¡Es tiempo de ser mamá!

Aunque en secreto todos sabemos,
cada mañana y bien tempranito,
con el mismo rigor de quien tosta granitos,
ella vuelve a hervir el agua de acequia,
con diez cucharadas del café más amargo.
Adentrando en su pena, bebiendo a la vez,
ahorrando así el tiempo que le tomaría
hacer las dos cosas por separado.
Sin que a nadie le importe:
Ella es la niña en el café…

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